Del fascismo

Del fascismo

Junio 23, 2019 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

La palabra más usada en Estados Unidos en 2017 fue ‘antifa’, que vale tanto para el inglés como para el castellano para significar la decisión de enfrentar al fascismo.

Y es que el fascismo ha vuelto a ser tema de todos y lo es más en este 2019. Quizás desde el final de la Segunda Guerra Mundial, nunca como ahora se había hablado tanto de eso que algunos tratadistas llaman el fenómeno político más indefinible de la historia.

¿Qué es el fascismo? Y además, ¿qué relación hay entre el fascismo que, en este año cumplió 100 años de su surgimiento, y expresiones o comportamientos considerados hoy como fascistas?

Sobre eso, surgen las más diversas interpretaciones. Porque así como está clara la fecha del parto (23 de marzo de 1919, cuando Benito Mussolini dio las primeras puntadas del que luego sería el Partido Nacional Fascista Italiano), hoy hay un neofascismo que a lo mejor sea más una tendencia fascistoide que fascismo en sí.

Suena cantinflesco, pero no lo es. El fascismo se define como una ideología totalitaria y nacionalista que, aparte de exaltar la idea de nación frente a la de individuo (esencia este del liberalismo) o de clase social (fundamento del socialismo), no admite la separación de poderes ni la elección de representantes por parte del pueblo, todo ello en procura de su fin último: un gobierno totalitario y un partido único.

Como se sabe, ese modelo político tuvo su peor expresión en contra de los derechos ciudadanos en la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler y la España de Franco. Una era de la historia que no se volverá a repetir, dice Jason Stanley, autor de ‘Cómo funciona el fascismo’, por la sencilla y vieja razón de Heráclito: nadie se baña dos veces en las aguas del mismo río.

Luego, se les ha llamado fascistas a regímenes militares y dictaduras. De que así los tildaran no escaparon en su momento Perón en Argentina, Jomeini en Irán, Fidel en Cuba o Pinochet en Chile. O, más acá, Kim Jong-ung en Corea del Norte, Maduro en Venezuela y Duterte en Filipinas.

Como puede verse, el fascismo ha terminado por ser otra cosa. El hecho es que no para de mutar. Por ejemplo, este, el que padecemos en la actualidad, es, tal cual apunta Enric González, “el secuestro del Estado por parte de intereses privados, (ya sea) en el encuadramiento de la sociedad dentro de un esquema cuartelario, o en la creación de mecanismos más o menos brutales para eliminar el disenso frente al poder". Siempre con una constante: un caudillo al frente de la tarea.

El problema es no solo desenmascarar a quienes están apelando a ese recurso para hacerse el poder sino cómo enfrentarlos.

Aunque antes hay que identificar las señales que, de no ser advertidas, derivarán en esa fascistización como estrategia para mandar sobre la sociedad y abusar de ella.

Como dice Antonio Caño: “Lo que debe preocuparnos hoy no es el fascismo, sino la extrema polarización política, el ascenso de los mediocres y demagogos, la descomposición de los partidos políticos, el desprecio de la moderación, el sectarismo…”.

Más otros campanazos: “El recurso constante a la toma de las calles, la explotación de los fallos del sistema democrático -corrupción, injusticia, inseguridad- para combatir el conjunto del sistema, los llamamientos a la división entre los ciudadanos, la guerra cultural entre las élites urbanas y el resto de la sociedad, la falta de horizonte de los jóvenes, la ausencia de líderes mundiales y el desprecio a la cooperación internacional”, eso mismo que di0 a luz al fascismo hace un siglo.

Ya lo ven, muy parecido a lo que encontramos a la vuelta de la esquina suya o de la mía. Frente a lo cual no hay sino dos caminos: o que le demos la importancia debida y, en consecuencia, actuemos. O que dejemos para cuando ya sea demasiado tarde, como sucedió en el Siglo XX, con los resultados que nunca dejaremos de lamentar y, parece increíble, podríamos repetir.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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