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A Germán Castro C.

Julio 18, 2021 - 11:40 p. m. 2021-07-18 Por: Víctor Diusabá Rojas

Llegué tarde a Germán Castro Caycedo. No porque así lo quisiese sino por simple diferencia generacional. Qué bueno hubiera sido, pienso ahora, haberle conocido antes, en sus años mozos del reportero que
siempre fue.

Debo aclarar que tal apreciación no surge sólo en medio del luto. Ocurre que, como se lo dije a él mismo por teléfono hace pocos días, el dios de las casualidades quiso que me topara recientemente con unas crónicas suyas a finales de los años 60 del siglo pasado. Luego de desempolvarlas, el maestro que tanto me enseñó se hizo más grande de lo que ya de por sí significaba, desde cuando lo leí en alguno de los pocos libros que habitaban en mi casa.

Germán -el hombre de la misma Zipaquirá de Efraín Forero y de Egan Bernal, y del mismo lugar donde Gabriel García Márquez se graduó de bachiller, con lo cual uno concluye que algo debe tener ese bendito pueblo- alcanzó muchos méritos, pero hay uno del que no todos pueden ufanarse. Ese momento en que en casi todos los hogares de este país albergaron los libros de Castro Caycedo en sus armarios, en sus mesas de noche y en quién sabe cuántos lugares más. No como adornos o naturalezas muertas, sino como piezas ajadas de tanto ser leídas.

Entonces, Germán se hizo célebre. O mejor, se hizo popular. Aunque no tanto como luego, cuando se convirtió en el ‘Enviado especial’ que enseñaba historia y geografía para la televisión en blanco y negro.
Geografía de lugares apartados en los que, casi siempre, ocurrían historias de gentes a las que las separaban enormes distancias pero que, sin saberlo, se tocaban a punta de realidades. Historias hechas casi siempre de violencia, despojo, abandono, olvido y corrupción.

Claro está, eso mismo ya lo habían hecho otros en el desempeño de este otro oficio más viejo del mundo, el de la reportería. Eso de ir a un lugar a ver, escuchar, tocar, oler, escarbar y hacer unas preguntas de más. Todo, para luego contarlo como a uno le parece que fueron las cosas. No porque se venga en gana, sino porque es el único resultado de aquello: de ver, escuchar, tocar, oler, escarbar, y hacer más preguntas que las muchas ya hechas.

Y entonces, algunos, entre los que me incluyo, soñamos con ser Germán. Pero, claro es, nos quedamos muy cortos. Porque ese hombre se tragaba las distancias cual alcaraván, mientras el olfato de perro de cacería con que había nacido lo llevaba siempre a dar con la presa mayor. Luego, frente a la máquina de escribir y, después, delante del computador, volcaba juntos hechos y sentimientos ajenos hasta hacerlos tan vívidos que a uno, como lector, le quedaba la impresión de haber estado allí, incluso con ganas de volver.

Dirán ustedes que el espacio se agota y no nos detenemos en sus obras, las del prolífico autor que no acababa de poner punto final al libro más reciente cuando ya andaba en las pesquisas para empezar a dar con el de a continuación. No me siento capaz de quedarme con este o con aquel libro como preferidos. Porque así fueran temas muy diferentes, había una línea de continuidad en ellos, la de esta Colombia amarga capaz de sobrevivir entre las dichas y las desdichas.

Así como llegué tarde a Germán, me quedo corto ahora. Por eso, en la tarde del jueves pasado, apenas supe que se nos había anticipado en silencio, como siempre le gustó andar y “sin dramas”, tal cual lo dijo Gloria, su mujer y su otra mitad, le escribí:

Donde estés, Maestro, gracias eternas por las lecciones y por la amistad a cambio nada más que de un abrazo y una sonrisa. Te marchas cuando más te necesitamos en este jodido país, en esta tierra brava que nos tocó en suerte. Tu alumno, ‘el Virto’.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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