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Necoclí

Octubre 18, 2021 - 11:45 p. m. 2021-10-18 Por: Vanessa De La Torre Sanclemente

La lancha arrancó y las caras de todos cambiaron. Llevaban semanas, meses algunos, intentando conseguir un tiquete para salir de Necoclí y llegar al otro lado del mar, a Acandí, la puerta de entrada al tapón del Darién, el legendario -por peligroso- cruce de frontera entre Colombia y Panamá.

A mi lado viajaron Samuel -de 16 años y sonrisa memorable- y James, cuya esposa y bebé iban dos filas atrás. El anhelo de ambos, y de todos los de la lancha, es llegar pronto a Estados Unidos. Están convencidos de que el permiso de ingreso temporal los cobija y ya no le temen a nada ni a nadie. Todo lo que son, todo lo que tienen, lo llevan encima.

James y Samuel -nativos de Haití- llegaron a Colombia tras una larga travesía desde Brasil.

Muchos de los haitianos que uno conoce en Necoclí vienen de Brasil o de Chile, en donde vivieron y trabajaron por años. Pero de donde salieron abrumados por la ausencia de oportunidades en medio de la pandemia y por las medidas migratorias cada vez más restrictivas de los gobiernos de Piñera y Bolsonaro.

En Necoclí permanecen en carpas, casas, hoteles -según lo que puedan pagar con los ahorros que traen de la vida- se estima que 13.000, 20.000 haitianos, nadie sabe con certeza. La mayoría son familias con niños menores de cinco años, que a duras penas hablan español y que se sienten usados, explotados, a veces tan desesperados que toman una lancha clandestina de noche para llegar al otro lado.

Nadie sabe tampoco cuántas personas se han ahogado en ese recorrido.
Tampoco se sabe cuántos salen de Colombia. En Acandí no se ven funcionarios de migración. En realidad, a excepción de dos policías y algunos militares reunidos en una esquina, no se ve el Estado Colombiano.

Tras dejar la lancha, los migrantes quedan en manos de unos hombres vestidos de civil que controlan el camino, que los llevan a un campamento, que les indican por dónde seguir y que les cobran por garantizar su seguridad.

Con James y Samuel compartimos teléfonos y me quedé triste viéndolos sumergirse en semejante selva. Me aseguraron que me avisarían al llegar a Estados Unidos. Hasta ahora, no ha sucedido.

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