¿Guerra?

¿Guerra?

Septiembre 24, 2018 - 11:45 p.m. Por: Vanessa De La Torre Sanclemente

Para nadie es un secreto que a Nicolás Maduro le favorece, le gusta y le conviene el ambiente bélico que se está tejiendo en su contra. Las incursiones armadas de su fuerza pública en territorio colombiano son una provocación reiterada en la que sabiamente el gobierno colombiano no ha caído más allá de enviar notas de protestas. En varios municipios de la frontera, los habitantes hablan de presencia atrevida, arbitraria y constante de uniformados del vecino país. Entran y salen como Pedro por su casa, dicen.

La táctica es vieja y no tiene nada de genial: cambiar los titulares. Cuando en un país escasea la comida y reina el caos, como en Venezuela, y el desgobierno ha reemplazado a la estabilidad en cada esquina de las ciudades, la estrategia de hacer que los ciudadanos miren hacia otro lado no sólo es elemental sino mezquina. Pero, también, generalmente útil.

Es lo que han hecho históricamente los nacionalismos. Apelar al amor patriótico, a la independencia nacional, y a unir a los países en torno a un enemigo externo común al cual culpar de sus cuitas. Tan sencillo como poner al país a hablar de guerra y no del hambre que está padeciendo. La ONU asegura que hay 2,3 millones de venezolanos (el 7,5 % de la población) viviendo por fuera de su país. De ellos, 1,6 millones han salido en los últimos tres años y por lo menos un millón ha llegado a Colombia.
Maduro dice que se van por gusto y no por necesidad. Pero los venezolanos, afuera y adentro del país, ya son conscientes, tal vez como nunca antes, de que su territorio vive una crisis humanitaria sin precedentes.

El presidente Iván Duque ha sido mesurado al reiterar que el suyo no es un gobierno belicista. Pero está en Nueva York, en el marco de la Asamblea General de la ONU, y no es un secreto en la diplomacia internacional que Donald Trump ha considerado seriamente y desde el comienzo de su gobierno, una incursión armada en el vecino país.
Lo considera una opción real, viable y también le puede funcionar en términos electorales: se le vienen unas elecciones difíciles en el Congreso y la historia ha demostrado que las incursiones armadas funcionan en términos electorales para los estadounidenses.

No igual para el resto del mundo. De Iraq no ha podido Estados Unidos salir del todo; Afganistán es imposible, Siria, Libia y Egipto vieron crecer fundamentalismos y encender sus naciones tras el intervencionismo extranjero.

Y si lo que se necesita, realmente, es frenar la crisis humanitaria en Venezuela, una guerra sería la opción menos favorecedora. Una insensatez. ¿Cuántos ciudadanos de ese país llegarían de inmediato a Colombia huyendo de la violencia? Además, la Venezuela de hoy no es ni remotamente la Panamá del general Manuel Antonio Noriega de 1989, en la que intervino Estados Unidos para derrocar el régimen. En Venezuela hay aliados como Rusia y China, lejanos pero presentes. Y hay, todavía, salidas más sensatas: dejar de comprar petróleo, por ejemplo, el principal financiador de Nicolás Maduro.

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