Bienvenida a Colombia

Bienvenida a Colombia

Mayo 06, 2019 - 11:45 p.m. Por: Vanessa De La Torre Sanclemente

El sábado en la mañana cuando vi el ‘Bienvenido a Colombia’ en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, tuve que hacer fuerza para que no se me escurrieran las lágrimas. Yo, que he estado en los lugares más recónditos de nuestro país, que he visto la pobreza, la miseria, la desolación, que conozco la muerte de frente, que sé lo que es la tristeza, que vi el triunfo de Barack Obama, que he entrevistado a víctimas, ex guerrilleros, paramilitares, políticos prometedores y corruptos por igual, que he bebido mojitos en La Habana y que entrevisté a Nicolás Maduro cuando era canciller, debo confesar que, muy pocas cosas en mi vida periodística, algo me ha golpeado tanto como lo que vi en Venezuela esta semana durante mi cubrimiento para Noticias Caracol.

El martes en la noche me desvelé pensando qué podría contar distinto a lo que hemos visto de ese país. Decidí, entonces, que iría a la marcha chavista para tratar de entender qué los mueve y por qué, a pesar de todo lo que sabemos, Maduro sigue en el poder.

Aterricé en Caracas temblorosa como nunca y casi segura de que no me dejarían entrar. Es usual que devuelvan a los periodistas en el aeropuerto y estaba advertida y preparada para ello. Me recibió en migración un hombre joven y escuálido que me preguntó qué hacía, a qué iba y dónde me quedaría.

A duras penas me salieron las palabras. Estaba nerviosa, como si llevara estupefacientes, como si fuera María llena eres de droga o como si estuviera haciendo algo ilegal.

Superé el episodio y cuando el hombre me puso el sello en el pasaporte, volví a vivir.

El aeropuerto internacional de Caracas es tenebroso. Desocupado. Gris oscuro. Son más los pasajeros que salen que los que entran. La guardia nacional y otros varios uniformados con sus fusiles intimidantes rondan con cara de “en cualquier momento te voy a sacar”, mientras va uno caminando hacia la puerta como si fuera al cielo. Esa sensación de vulnerabilidad me acompañó durante todos los días en los que estuve en la capital venezolana.

En el centro de Caracas el martes 1 de mayo me encontré centenares de buses en los que llegaron miles de trabajadores estatales para participar en la marcha. El que no va corre el riesgo de perder el trabajo.

Había largas filas para reclamar los refrigerios, para muchos la única comida del día. Camiones repletos de electrodomésticos para repartir.
Hombres en moto que custodiaban a los marchantes para que nada se saliera de control. Parlantes desde donde reproducían arengas y daban órdenes: “Lealtad, lealtad a nuestro presidente Nicolás Maduro”, decían y repetían. Centenares de personas esperaban llenar una botella de agua y miles más caminaban como si fueran máquinas. Casi todos sin sonreír, cumpliendo. Otros, pocos, cantando -sobretodo- cuando los estaban observando. Difícil saber el límite entre la obligación y la convicción. La maquinaria del chavismo es poderosa y obligante, intimidante y represiva. Hombres armados por doquier y una extraña sensación de obligatoriedad entre la gente, como si fueran hacia el matadero sabiéndolo pero no.

Nunca me había sentido tan observada ni intimidada. Jamás se está tranquilo siendo periodista en Caracas. Los colegas que trabajan en Venezuela son unos valientes que no pueden entrar a las marchas chavistas porque los pueden linchar y se visten como si fueran para la guerra cuando van a cubrir las manifestaciones de Güaidó. El Gobierno dispara. Limita la información y hace el trabajo difícil para que no podamos contar lo que en ese país está ocurriendo. Hay miseria, represión, miedo, control de la voluntad de la gente, hambre y anarquía en una economía quebrada en la que el gobierno regala casi todo: el agua, la gasolina, la luz, la vivienda y la comida, pero donde lo único que funciona perfecto es la maquinaria represiva que ha llenado de miedo ese lugar.

Venezuela es el resultado de Chávez y Maduro, pero también de una clase dirigente que por años gobernó entre escándalos de corrupción, ignorando al resto del país que se volvió chavista.

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