Alfamir

Alfamir

Enero 14, 2019 - 11:45 p.m. Por: Vanessa De La Torre Sanclemente

Darvey Mosquera tenía 20 años y muchas ganas de trabajar. El jueves 7 de febrero de 2008 salió de Pradera, Valle, donde vivía con su madre y tres hermanas, rumbo al eje cafetero a donde le habían prometido un trabajo. Iba con dos muchachos más de la zona. Jamás desconfió del ofrecimiento. ¿Cómo?, si un uniformado del Ejército Nacional estaba detrás de él.

Tras un corto trayecto recibieron algunas instrucciones -pocas- sobre lo que sería su nuevo trabajo: hacer tuberías de gas. Darvey estaba ilusionado. Por fin podría ayudar a su madre enfermera con lo dura que era la vida cotidiana. Ya lo había intentado: siendo muy jovencito, en el bachillerato, se fue con su padre a Buenaventura a vender ropa. También había trabajado en el sector azucarero del Valle. Era un muchacho de su casa, cariñoso y familiar, que quería cambiar su destino y el de su familia.

Esa tarde llamó a su mamá desde un teléfono en Manizales y le contó que al amanecer los recogerían para ir al trabajo prometido. Estaba expectante. Pasada la medianoche se montó con sus amigos en un carro en el que los recogieron y, en la mitad del camino, el conductor se desvió hacia un paraje desierto y oscuro donde sólo el resplandor de la luna iluminaba un camino inhóspito. Unos hombres armados se acercaron, los hicieron bajar, los pusieron uno al lado del otro y les dispararon a quemarropa.

Uno de los muchachos sobrevivió para contar la historia. A Darvey y al otro amigo los disfrazaron de guerrilleros y los hicieron pasar como terroristas caídos en combate. Se volvieron estadísticas, números en el episodio más vergonzoso de la historia del conflicto colombiano, conocido como ‘falsos positivos’. Una práctica macabra para acabar con la vida de jóvenes pobres, ávidos de trabajo y superación y volverlos números para convencer primero a algunos Generales de la República y, luego, al país, de que la guerra contra las Farc se estaba ganando.

Alfamir, la madre de Darvey, lleva once años llorando a su hijo. En el 2012 iba en un bus intermunicipal cuando un tipo se le acercó al oído izquierdo y le dijo que la matarían a ella y a sus abogados si seguía dando lora. “Ése día pensé que me iba a morir”, dice. Pero no sólo sobrevivió, sino que se volvió testigo clave en el proceso de la Justicia colombiana contra miembros del Ejército en el crimen de su hijo y de miles de jóvenes más. Por el caso de Darvey, siete militares han sido condenados.

Este fin de semana, en zona rural de Pradera, en el Valle, dos tipos le dispararon al carro en el que iba. Volvió a salvarse. Ya no le teme a la muerte. Sólo quiere que este país deje de ser tan indolente, que se conmueva con su pasado y que jamás lo vuelva a repetir.

Colombia no puede olvidar cómo a Darvey lo mataron. Pero tampoco puede permitir que a los líderes sociales los sigan asesinando. Es una obligación moral, constitucional, histórica, de Estado, de sensatez, corazón y -sobretodo- futuro, parar estos crímenes que volvieron a ser titular de noticias. Sólo recordando, dejando la indolencia y reclamando justicia, se construye futuro.

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