Van Gogh

Van Gogh

Marzo 26, 2019 - 11:40 p.m. Por: Santiago Gamboa

Por la increíble profusión de filmes de buena calidad y algunas otras distracciones se me fue pasando ver (y comentar aquí) la película de Julian Schnabel sobre Van Gogh, con el pomposo y flojo nombre de A las puertas de la eternidad. Pero el título es lo único flojo, pues se trata de un filme agresivamente artístico, humano hasta la médula, poderoso y persuasivo.

Al cabo de pocos minutos, Willem Dafoe no representa a Van Gogh, sino que es Van Gogh. ¡Qué gran actuación! Una especie de solo de virtuosismo actoral: cuánto silencio, cuánto dicen sus ojos y su frente y sus rasgos duros y marcados, y cuánto nos comunica sólo con mirar. Porque el arte es un modo de mirar. Mirar con lentitud y atención el mundo y el paso del tiempo sobre las cosas. El paso lento del tiempo sobre nuestras vidas.

El filme muestra cómo esa mirada cambia por el propio devenir, los pasos dados aquí y allá, esas líneas que vamos trazando sobre un mapa invisible. Los lugares que habitamos y nos transforman, la ilusión de alejarse o el poético deseo de volver; todo en un planeta que a su vez viaja sin cesar, al mismo tiempo que nos transfigura y enajena.

Mirar, mirar. Es lo que hace Van Gogh, y lo dice todo el tiempo: quiero que otros vean lo que yo veo, y esa mirada artística, ¿qué contiene? Es demorarse más de lo habitual en algo: las raíces de un árbol, el tallo de una flor, los campos roturados por el trigo o el heno, los cielos cargados de tormento. ¡Cuánta soledad arrastró ese hombre!

La naturaleza a la que tuvo acceso y que lo deslumbró está en sus cuadros. “La diferencia de las flores que yo pinto es que nunca se van a marchitar”, le dice a una joven, en Arles, que le pregunta por qué pinta flores. La película reflexiona sobre esa pregunta: ¿Por qué ejercitar una vocación? ¿Por qué perseguir una imagen y atraparla en un lienzo?
Hay una charla con un sacerdote, en una especie de presidio psiquiátrico, que es reveladora. ¿Por qué hacemos las cosas que hacemos? El guion es bueno y eso que la mayor parte del tiempo Van Gogh está solo y no hay diálogos. “¿Por qué te daría Dios el don de la pintura a ti, si nadie te conoce como pintor?”, le dice el sacerdote. Van Gogh piensa y responde: “Tampoco de Jesús se supo nada hasta mucho después de su muerte”. Ignoro si algo parecido a esta conversación tuvo alguna vez lugar, pero en la película es absolutamente creíble. Y fundamental.

En cuanto a la imagen, la película es bastante austera. Una apuesta arriesgada, pues evoluciona con una cámara subjetiva que nos hace ver la distorsión que, según el director, Van Gogh tenía en su cabeza. En el fondo es todo muy pobre y solitario, y hace mucho frío, y Van Gogh luce frágil en su desamparo. Los cariñosos abrazos con el hermano Theo, cada vez que viene a socorrerlo, reconfortan también al espectador.

El filme de Schnabel pretende lo imposible, que es entrar a la mente del artista. Ver desde ahí la realidad y sus vericuetos, sus múltiples distorsiones. Es triste y duro, pero también conmovedor. La alegría llega con los colores, el aire libre y los paseos por el campo, esa naturaleza con la que él quiso fundirse. Y luego, el coro de sombras, los fantasmas que lo atormentaron. Van Gogh, el sacerdote pintor, en la miseria y en la indiferencia como el ejemplo más cruel de injusticia artística y probablemente humana.

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