Una letra y una casa

Una letra y una casa

Abril 02, 2019 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

Como soy escritor y vivo observando la respiración y las extrañas contracciones del lenguaje, las letras han acabado por convertirse en pequeños objetos del mundo.

Algunas letras parecen árboles, otras rocas metamorfoseadas por el agua o esculturas antiguas; y otras, asombrosas montañas y cielos y lunas, o dagas o espadas listas para clavarse en el centro de algo. Por eso creo que la letra más necesaria y la más banal, la que yo salvaría de un incendio, es la letra A. Porque es la primera del alfabeto y, tal vez para dar ejemplo, es el exacto dibujo de una casa.

Por ella se entra a la enorme casa que es el lenguaje visible, y a todas las palabras y frases que contiene, que equivale a decir: a la totalidad de lo dicho y pensado por quienes han escrito. Esa casa de la cual la letra A es su fachada contiene toda la literatura: la poesía, el teatro, la novela. Contiene incluso los intentos fallidos y los malos libros. Ahí están los sabios debates de los letrados, los apotegmas de la fe, las disquisiciones de los hombres más ilustres, la belleza formal de experiencias que en su origen tal vez fueron crueles, tristes o salvajes.

Todo lo que ha sido transcrito y registrado en forma de lenguaje está contenido en esa vistosa casa que comienza con la letra A, y que a veces puede parecer un museo o una biblioteca infinita o una obsesiva notaría que da cuenta de la historia.

Por supuesto que hay una parte que no está ahí, claro, y son las palabras dichas y no escritas: todo ese otro lenguaje que no llegó a plasmarse, porque la vida oral de las palabras está sobre todo en el aire por el que transita aquello que se dice en calles y plazas, lo que se expresa con suficiencia, necedad o rabia en espacios interiores, o con pertinencia o afecto. El habla robusta está en el viento que a veces se lleva las frases sin permitir que otros las oigan, sin dejarlas llegar a su destino; así las voces enmudecen y los oídos se cierran y las personas se quedan solas, esperando palabras que no llegan.

La historia de las palabras dichas, pero que no fueron escuchadas por nadie, se puede confundir con la historia del viento que cargó con ellas, alejándolas; que las meció de un lado a otro hasta que se fueron apagando; como las plegarias que alguien dice en soledad evocando a quien no está; porque la historia del lenguaje es también la historia de nuestras conversaciones con aquellos que no vemos ni veremos; de las palabras y del amor hacia quien jamás hemos visto.

Hay otro lenguaje aún: el que no fue escrito ni tampoco dicho. El de tantas ideas y elucubraciones que no llegaron siquiera a dejarse atrapar por las palabras. Las ideas que alguien concibió en silencio y jamás reveló. He ahí una historia nueva del lenguaje: la de lo no dicho. La de lo nunca dicho.

Y si vamos atrás descubriremos que allá, en la trastienda más oscura de la vida humana, está también lo no pensado. Esas ideas que aún esperan a alguien que las piense y, tal vez, las diga o las escriba. Es la nostalgia de lo no pensado, para poder entrar a la casa del alfabeto que comienza con ese bonito y sencillo portal que es la letra A, en mayúscula, pues en letra pequeña parece más bien la entrada a una caverna en donde un homínido Neanderthal observa temeroso la llanura, tal vez antes de desaparecer para siempre.

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