¿Simetrías del tiempo?

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¿Simetrías del tiempo?

Abril 08, 2020 - 11:55 p. m. Por: Santiago Gamboa

Escribe Pierre Drieu La Rochelle, en su novela Gilles, algo que parece referirse a hoy: “El hombre vive sólo si se arriesga a morir”. Lo leo en el prólogo a un libro de Drieu, Confesión y otros escritos, traducido y prologado por mi buen amigo el novelista chileno Mauricio Electorat, y que permite, junto con sus Diarios, intentar comprender uno de los grandes misterios humanos, que es para mí saber qué había en la cabeza de alguien que, a pesar de tener cultura, eligió el bando del nazismo.

A Pierre Drieu La Rochelle (1893 – 1945) le tocó vivir las dos guerras mundiales y la epidemia de gripe española, que dejó más muertos que la Primera Guerra Mundial, y a todo sobrevivió. Murió a los 52 años, por propia mano. Se suicidó en París, tras la derrota del Tercer Reich. A pesar de haber sido colaboracionista durante la ocupación nazi de Francia, fue gran amigo de André Malraux, único invitado por él mismo a su propio funeral, y de la argentina Silvina Ocampo, con quien tuvo un breve romance, aunque su amistad fue eminentemente intelectual, llena de controversias por el marcado antisemitismo de Drieu La Rochelle, que en él surgió como un reflejo político anti capitalista contra los principales dueños de la economía y las finanzas de los países de Europa. Drieu, que fue un dandy y que vivió muchos años mantenido por su primera esposa, que era judía, hizo suyo ese resentimiento que muchos de su generación vivieron tras haber experimentado la pobreza y las dificultades del periodo entre las dos guerras mundiales. Una época contradictoria: de un lado estaban las penurias y el hambre del desaparecido imperio austro húngaro, los perdedores de la guerra, y del otro un deseo muy intenso de vivir, de celebrar la maravillosa sensación de estar vivos, e incluso de vivir peligrosamente (como recomendó Nietzsche), con una euforia que convertiría los años 20 en una de las épocas más risueñas y activas, de mayor inteligencia dramática y científica, de notable efervescencia cultural, pero también en una de las más individualistas, de lado y lado del Atlántico. Una especie de ininterrumpido Aquelarre, la fiesta del aquí y el ahora, el Carpe Diem de Gatsby entre botellas de Dom Perignon y Dry Martini, una época en la que todo el mundo era alcohólico de bebidas espirituosas y de bailar alocadamente el Fox Trot después de tanta muerte danzando sobre los campos de Europa, una carrera vertiginosa que condujo, primero, a la Gran Depresión de 1929, y poco después a una segunda guerra mundial.

Me pregunto si no estaremos viviendo ahora algo parecido: el fin de una carrera alocada, individualista y risueña, que nos llevó primero a una crisis económica, en el 2008, paliada por las bancas estatales que salvaron a las egoístas y arrogantes bancas privadas, y luego a esta loca carrera económica mundial por los recursos que desprecia el medio ambiente y la Naturaleza, considerándolos sólo insumos para seguir adelante con su desmedida ambición. Esa parte de la humanidad que eligió con su voto a los líderes del No al ambientalismo, del Sí al fracking, e incluso ahora, en plena pandemia, de aquellos que aún privilegian los dividendos y el PIB sobre la salud, tendrán que entrar en razón a punta de enterrar muertos. Porque la vida silvestre, acorralada, se defiende como el más temible de los ejércitos.

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