Rushdie en Grecia

Rushdie en Grecia

Mayo 07, 2019 - 11:40 p.m. Por: Santiago Gamboa

Me interesa mucho la literatura intimista. La que cuenta una vida o la que ofrece una versión de la vida, por frágil o engañosa que sea. Y sus aleccionadoras conclusiones.

Tal vez pienso en esto por estar en Salónica, ciudad griega que es a la vez el centro del judaísmo de la Europa de los siglos XVI y XVII, y uno de los puertos al mar de Tracia con más historia. Lo pienso porque esta ciudad, además de tener una Feria del Libro importante, tiene una avenida central que se llama Aristóteles y una estatua del filósofo que señorea, y soy consciente de que en Cali no hay, que yo sepa, una estatua de Estanislao Zuleta, el gran filósofo que paseó por sus calles y formó a sus estudiantes. Esto lo digo porque el pensamiento y el urbanismo deben ir de la mano, para continuar habitando la ciudad y la vida.

En realidad, no sé con exactitud por qué pienso todo esto. Escribo sobre la vida porque, con el tiempo, es lo que menos creo conocer y sin duda es por eso que me gusta leer lo que otros han escrito. Fue el caso estos días con un libro excepcional de Salman Rushdie: sus memorias sobre la condena a muerte por parte de Irán. Un libro maravilloso llamado Joseph Anton. Se titula así porque, durante los casi diez años de cautiverio en que debió esconderse de los asesinos islámicos, el nombre que inventó para usar en las casas seguras y para uso cotidiano de los agentes de seguridad de Scotland Yard que lo cuidaban, fue ese mismo: la suma de Joseph Conrad y Anton Chejov. Recordemos que por su libro Versos satánicos, en el que escenifica algunos aspectos de la vida del profeta Mahoma, Rushdie fue condenado a muerte en 1989, por el ayatolah Jomeini.

Y a partir de esa condena ocurrieron dos cosas: se convirtió en el escritor más famoso del mundo, pero también en el más oculto y amenazado. Nadie podía saber su paradero, pues todos los musulmanes del mundo tenían la orden de matarlo. Era tal el secreto de su escondrijo que, cruelmente, surgió un chiste por esos días que decía: “¿Quién tiene el pelo muy amarillo y gafas oscuras y unas tetas enormes y vive en Tasmania? Salman Rushdie”. La gente lo imaginaba escondido y disfrazado, pero la verdad es que en sus memorias cuenta el día a día de su vida, las penurias de la seguridad, el modo en que esa situación afectó sus sucesivos matrimonios y la relación con sus dos hijos, Zafar y Milan, cada uno de una esposa diferente.

Rushdie tuvo a la vez el paraíso y el infierno de un escritor, es decir, la atención máxima sobre su obra, con millones de lectores, pero la incapacidad de gozar de esa situación por no poder llevar una vida libre.
Una versión del suplicio de Tántalo: tenerlo todo y no poder disfrutarlo.

Y referido a esto, lo que más impresiona fue el modo en que algunos escritores cercanos vivieron el asunto. Si bien sus amigos Martin Amis, Ian McEwan o Christopher Hitchens estuvieron siempre de su lado, el autor súper ventas de esos años, John Le Carre, lo criticó de un modo cruel, diciendo que Rushdie lo había calculado todo para hacerse famoso. Es ahí donde está la más grande lección de vida: cuando el prestigio, aún no buscado y obtenido de un modo opresivo, como fue su caso, resulta insoportable para ciertos colegas. Porque el deseo de protagonismo y probablemente la envidia son siempre más fuertes que la decencia y la sensatez.

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