Perseguir las palabras

Perseguir las palabras

Agosto 22, 2018 - 06:33 a.m. Por: Santiago Gamboa

El sueño de escribir, ese primer deseo adolescente, está para mí relacionado con los largos paseos nocturnos por una ciudad, Bogotá, y a mis obsesivas charlas con mi amigo y hoy colega Mario Mendoza.

Era el principio de los años ochenta. Salíamos de la Universidad Javeriana a eso de las siete de la noche y caminábamos por la desolada Carrera Séptima, hacia el norte, hablando de libros. Mario de poetas, por lo general de Baudelaire; yo de Lawrence Durrell y su Cuarteto de Alejandría. Para nosotros, que aún no éramos escritores, pero que lo anhelábamos con furia, la única formación posible estaba en la lectura. No creíamos posible ser un escritor sin ser antes un gran lector.

Mario leía a Jack London y a Stevenson casi de rodillas. Relatos de los mares del sur. Toda narrativa que mirara el mundo desde la fragilidad, la enfermedad o la diferencia, le interesaba. Leíamos juntos a Poe y por supuesto a Lovecraft. Leíamos El enano, de Pär Lagervist. Él leía a un autor rumano que no he visto citado por nadie, Petre Bellu. Si no recuerdo mal, El defensor tiene la palabra. Thomas Mann, durante mucho tiempo, fue el más grande. A veces mezclado con Faulkner, con André Gide, con Sartre. Cada día, y a veces cada hora del día, surgía para nosotros el autor más importante de la vida.

También la novela urbana en Latinoamérica, para llegar a la conclusión de que Bogotá era una ciudad huérfana de literatura. Bogotá no tenía una Rayuela, una Conversación en La Catedral, una Región más transparente, ¿por qué? La ciudad en la que habíamos nacido tenía poco. Juego de damas, de R.H Moreno Durán, y Sin remedio, de Antonio Caballero.

Más atrás, desde una perspectiva provinciana, las novelas de José María Osorio Lizarazo en las que Bogotá se ve como un pueblo en donde todo el mundo es malo. Muy poco, en suma. Las demás ciudades de Colombia tenían una situación parecida, aunque Cali tenía ¡Que viva la música!, de Caicedo, que, para nosotros, jóvenes también y aún perdidos entre los sones salseros del Goce pagano, era un mito.

Onetti, Rulfo, Manuel Puig. Rulfo, con su voz triste, nos fue enseñando que cada palabra debe ser como el golpe de un azadón en la tierra: implacable, limpio. La obra completa de Octavio Paz, su poesía y sus ensayos. Pensar el mundo desde América Latina. La obra de Paz fue la primera visión de Latinoamérica como una unidad. Y luego llegó Piedra de sol, con sus versos rotundos: “Voy por tu cuerpo como por el mundo”.
También la poesía de Neruda. Alturas de Macchu Picchu. La voz melancólica y desobediente de Vallejo. “Pero el cadáver, ay, siguió muriendo”. Y Rimbaud, siempre, a todas horas, porque Rimbaud fue el poeta joven por excelencia.

En Colombia, la poesía de León De Greiff. El ritmo y la música sosteniendo los versos. “Cuando tango la zampoña, cuando tango el sacabuche, jamás pienso en quién me escuche, ni en quién me allane la moña”. La melancólica voz sureña de Aurelio Arturo. O pensar la poesía desde adentro, como idea del mundo y de la vida, en Estoraques, de Eduardo Cote Lamus.

El equipaje con el que comenzamos a construir un mundo literario y que estaba, a la vez, dentro y fuera de las aulas en las que estudiábamos y en las que tanto leímos, porque sólo allí, en la lectura obsesiva, se escondía la clave para, tal vez, algún día, encontrar la propia voz.

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