Lejana Bogotá

Lejana Bogotá

Septiembre 14, 2016 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

Una de las preguntas recurrentes, por haber vivido casi toda mi vida fuera del país, es la siguiente: ¿Cómo se ve Bogotá desde afuera?, o mejor: ¿Cómo la ven los extranjeros? A la segunda no me es posible responder. Puedo transmitir testimonios de algunos que la han visitado, pero la verdad es que cuando algún francés o italiano o español me dice algo sobre Bogotá, por lo general son cosas vagas, seguramente cordiales o diplomáticas, del estilo “tiene un clima muy bueno” (sé que no es cierto todo el año) o “la gente es muy amable” (esto puede ser cierto) o “es una ciudad muy moderna” (esto es cierto al 20%). Lo que sí siento, siempre, es que la curiosidad de mis coterráneos por saber cómo nos ven allá afuera, legítima en muchos contextos, es a la vez hija de un antiguo complejo patrio que viene desde la noche de los tiempos, según el cual somos un país insignificante, que cuenta muy poco en el mundo. Y lo del país, claro, se refleja en su capital. De ahí el deseo de saber si de lejos nos admiran o desprecian, si nos conocen, si algo nuestro es considerado importante, cosa que a otros países de la región, como Argentina o México, los tiene completamente sin cuidado. ¿Le importa a un mexicano cómo lo ven en Italia? Muy poco. Esto de Colombia, y sobre todo de Bogotá, es un complejo reforzado por nuestra aristocracia, sobre todo la capitalina, que siempre alabó de forma exagerada y consideró mejor lo extranjero, por definición, al tiempo que se esforzaba por parecer a toda costa “de otra parte”, intentando mimetizarse con lugares ideales del mundo, claro, pero no eligiendo esos lugares por pasiones genuinas como el amor por los viajes o las culturas lejanas, sino por su endémico arribismo (tal vez la epidemia más grave que devasta Bogotá desde que la conozco). De ahí esa fascinación, como de dignidad recuperada, cada vez que se sabe que algún connacional o coterráneo es importante para alguien o para algo fuera del país, y ni se diga cuando a algún extranjero le gusta algo nuestro. ¡Sale en primera página! Y su contrario: la resignación y tristeza ante las críticas, cuando vienen de afuera, y el anhelo de linchamiento cuando las hace algún local.Volviendo a los que aseguran amar nuestra capital, no hay que ser caracterólogo para comprobar que en esas cordiales opiniones de europeos o norteamericanos lo que se respira, generalmente, es un gran aire de condescendencia. Me ha pasado que ante frases del tipo “tu ciudad es maravillosa”, pregunto, “¿y qué te gustó?”, lo que sigue es el silencio, porque la persona no se acuerda de nada: ¿El hotel Charleston?, ¿la comida?, ¿el Museo del Oro?, ¿la rumba? Al pobre italiano o francés no le viene medio recuerdo a la cabeza, se confunde con Caracas o Quito, se pone rojo de vergüenza, porque esas frases amables no están hechas para ser examinadas, ya que no tienen nada por dentro; se dicen para perdonarte la vida, y ningún perdonado debe preguntar por qué lo perdonan.Pero cuando pienso en las ciudades de nuestro hemisferio, o en las del Nuevo Mundo, creo realmente que en América Latina hay sólo cuatro grandes urbes en cuya tradición, urbanismo e historia se pueden rastrear los grandes movimientos que definieron a toda nuestra región, y ninguna de estas ciudades es Bogotá. Son Buenos Aires, Sao Paulo, Ciudad de México y La Habana.Sigue en Facebook Santiago Gamboa - club de lectores

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