Escritor de clase media

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Escritor de clase media

Junio 03, 2020 - 11:55 p. m. Por: Santiago Gamboa

La extraña llegada de tres abogados suizos a mi casa, aún viviendo en Roma, tendrá sentido sólo si les cuento un hecho muy anterior, del año 2002, cuando recibí un paquete de mi entonces agente literario, Ray-Güde Mertin, hoy fallecida. Al abrirlo encontré una nota de Ray-Güde remitiendo una carta dirigida a mí de un tal Gustav von Mattelhof, que adjuntaba. Von Mattelhof decía en términos muy amables haber leído mi novela Vida feliz de un joven llamado Esteban, y tras una serie de comentarios agregaba que la historia le había hecho “evocar la presencia” de su hijo, fallecido con la madre hacía más de una década. Explicó además que yo tenía la misma edad de ese joven, si viviera, y me pedía el favor de dedicarle su ejemplar alemán, que adjuntaba en el paquete.

De inmediato lo hice, lo envié de vuelta y me olvidé del asunto hasta la llegada de los tres abogados suizos. Lo primero que hicieron, tras presentarse, fue preguntar si podía acompañarlos a Zurich “por unas horas”, y algo perplejo acepté. Tenían un avión privado en el aeropuerto de Ciampino. Una hora después estábamos en una oficina de la Von Mattelhof Investments & Insurances, con otras personas. Los abogados recordaron el episodio del libro en 2002 y me anunciaron que, antes de morir, von Mattelhof me había legado el 18% de sus acciones, así como otros bienes. Me quedé de piedra y, sólo en ese instante, recordé que no le había avisado a mi esposa. Ya eran casi las cuatro de la tarde y debía estar notando mi ausencia. Pedí un teléfono, pero dijeron que podría llamar al final de la reunión. El 18% del capital accionario de la Von Mattelhof Investments & Insurances producía un rédito anual entre once y trece millones de euros, más el derecho a un puesto en la junta directiva. A esto se sumaba una villa en Taprobane, Sri Lanka, donde vivió el escritor Paul Bowles, un apartamento en Singapur y acciones de la empresa hotelera india Taj Resorts. Yo seguía pensando en mi mujer, angustiado. Estaría llamando a mi celular, que olvidé en la casa al salir.

Luego me pasaron un contrato de servicios que debía firmar si quería que ellos mismos se hicieran cargo de mis intereses. Lo firmé, por supuesto, y a partir de entonces los tres me hicieron exageradas venias, algo normal dado el enorme sueldo que yo estaba dispuesto a pagarles. Con la autoridad que me daba ser su jefe les dije: detengan la reunión, debo llamar a mi esposa. Uno de ellos marcó el número, pero no hubo respuesta, así que seguí firmando papeles de propiedad, portafolios de inversión y contratos de servicios. Una hora más tarde pedí una suite en el Hotel du Lac y volví a llamar, pero estaba fuera de cobertura. Hacia las nueve ordené un whisky Lagavulin y luego un plato de sushi, y volví a llamar. Por fin sonó el timbre y, al segundo, escuché su voz: “¡Dónde carajo andas!”. La angustia y el grito fueron suficientes para despertarme y la vi a mi lado, respirando plácida. “Acabamos de perder una fortuna”, le dije.

Entonces me levanté y, al pasar por el espejo, me vi otra vez como lo que he sido siempre: un escritor de clase media. Entonces fui a la mesa y me senté a hacer lo que hago desde hace casi tres décadas: mirar hacia arriba, flexionar los dedos sobre el teclado y pronunciar mi plegaria matutina: “Dios, no soy ávido, sólo te pido 500 palabras”. Y me puse a escribir este artículo.

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