El cine de acción

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El cine de acción

Agosto 20, 2019 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

Como todo padre de un hijo preadolescente, también yo debo ir de vez en cuando a pagarle tributo a Hollywood. Por supuesto que el filme de estos días es Rápidos y Furiosos: Hobbs & Shaw, y para allá salimos; al verlo prepararse, evoqué mi propio entusiasmo, en los años 70, cuando iba a ver cine de acción, que era el que más se acomodaba a mis gustos. Recuerdo Donde las águilas se atreven, en el cine Metro Riviera de Bogotá, con Richard Burton y Clint Eastwood salvando a un general americano que los nazis tenían prisionero en una fortaleza inexpugnable. Aún siento vértigo por el salto de Burton de un teleférico al otro, al final, cuando ya los nazis van tras ellos. La mayoría de películas de acción que veía en esos años eran de guerra, y mi actor favorito, aparte de Burton, era Steve McQueen, sobre todo en El gran escape, donde saltaba un alambrado con una moto. ¡Fantástico! Las películas de James Bond eran un acontecimiento nacional, y luego llegó Star Wars y entramos al mundo de la animación. Todas inolvidables.

En esos viejos filmes había una serie de convenciones. Si el héroe daba un puñetazo a un malvado, este perdía el sentido. Esto no era muy realista, pero evitaba que el héroe tuviera que matar a todo el mundo. Y al disparar, la pistola se mantenía más o menos a la altura de la cintura. Viendo Rápidos y Furiosos, compruebo cómo han cambiado esas convenciones, el pacto de lo que uno está dispuesto a creer o no. En esta película, los dos héroes y su bonita compañera se caen en un helicóptero, saltan de una torre agarrados de una cuerda, brincan en carros de un edificio a otro, pero aparte de alguna magulladura, no les pasa nada; luego les disparan con ráfaga de unos rifles tan modernos y automáticos que deben estar conectados a internet para funcionar, pero igual nunca les dan. Eso sí, veo que todavía se usa ese travelling del héroe que, en un galpón, corre por un puente metálico mientras las balas se le van acercando y le chispean a los lados. Ese truco es del viejo James Bond.

Si no recuerdo mal, Indiana Jones apareció en los 80. Ya ahí se usó también ese esquema narrativo de James Bond según el cual el filme comienza siempre con el final de una misión anterior, lo que hace que, el espectador, apenas se sienta en su silla, queda atrapado desde la primera escena. Rápidos y Furiosos sigue en esta estela, y antes de que salgan los créditos y el nombre de la película ya hay unas dos docenas de muertos. Porque ahora, a los enemigos menores no les pegan un puñetazo para quitárselos de encima, sino que les disparan o les tuercen el cuello. Todo el que cae, cae muerto. ¡Y caen y caen extras! Si uno los cuenta podrían ser más de cien en toda la película.

Y algo más, que vino de Oriente. El cine oriental de acción irrumpió en Hollywood con un director de Hong Kong llamado John Woo, quien trajo algo que se usaba mucho en su región: la cámara lenta. En sus películas (The Killer, Cara a cara, Misión imposible 2), Woo ralentizaba la imagen para darle más intensidad. También esto encontré en Rápidos y Furiosos que, además, como todas las nuevas producciones de acción, transcurre en varios continentes y, en este caso, nos hace ver algo que no recuerdo haber visto jamás en el cine, y es la isla de Samoa. Nos divertimos, claro que sí. Y yo salí algo magullado.

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