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Desde mi ventana

Marzo 10, 2021 - 11:55 p. m. Por: Santiago Gamboa

Es el momento más duro del confinamiento. Mi edificio da a los jardines públicos del Museo La Tertulia, un hermoso cuadrado de verdor, repleto de árboles tropicales, iguanas y esculturas. Como hay una fuente, los inmigrantes venezolanos que se quedaron sin casa vienen todos los días a bañarse. Comen lo que han conseguido sentados en el pasto y luego se bañan. De los edificios les alcanzan comida que baja de los balcones en canastos amarrados a una cuerda. Plátanos, pan, atún, salchichas. El río está al frente pero el agua es sucia. Los miro y los miro. Los venezolanos están solos y nadie los molesta. Por eso los jardines públicos del museo son de ellos, y nosotros, los vecinos, los miramos desde nuestros balcones.

Recuerdo cuando yo era inmigrante en París y recuerdo mi propia pobreza, pero yo era joven y estaba ahí porque quería ser escritor, no huyendo de un desastre económico. Además podía ponerle fin cuando quisiera y volver. Pero estos pobres están atrapados. Hay uno que pasa justo frente a mi edificio y canta imitando a Héctor Lavoe. Muchos le lanzamos dinero.

Hay también una pareja joven con un niño de brazos, vienen todos los días a almorzar al prado del museo y a bañarse. Tienen un carrito y ahí llevan al pequeño. A los lados cuelgan maletines y bolsas de plástico.
Siempre espero que pasen frente a mi edificio para darles algo. Incluso un juguete. Pero para eso deberían subir una calle y doblar a la derecha, y por lo general se van por la avenida hacia una zona donde ya no puedo verlos.

Al mediodía, cuando vienen, los miro y me hago preguntas. ¿De qué parte de Venezuela vendrán? ¿Cómo se llamará el niño? Desde hace tres días descubrí que no soy el único que los mira. Al frente, a mi altura, pero del otro lado del río, una mujer mayor también los ve desde su balcón. He visto que, como yo, les hace señas para darles algo. Pero ellos no la ven, ni me ven a mí. No saben que queremos ayudarlos.

Hace dos días sacaron al niño y lo pusieron en el agua de la fuente. Pero ayer, cuando el joven fue a lavarse las manos y la cara, un hombre más alto, también venezolano, se acercó y le dijo algo. Incluso lo empujó para que se alejara. El joven dijo que no con la cabeza, movió las manos explicándose, pero al final volvió con su mujer y su hijo al otro lado del prado. Se quedaron un rato ahí, pero el hombre alto volvió hasta ellos y siguió diciéndole cosas y señalándoles la avenida. Hasta que se fueron.
Luego el hombre alto fue a sentarse junto a la fuente e hizo lo mismo con otros venezolanos que intentaron acercarse.

Hoy la pareja con el niño volvió al prado. Se recostaron un rato, comieron un poco de pan y unas latas de atún y arvejas. Cuando fueron a la fuente a lavarse el hombre alto salió desde unos árboles. Discutieron, se dieron empujones. La esposa agarró al marido de un brazo, lo apartó de la pelea y caminaron por la avenida hasta el lugar donde ya no puedo verlos. Algo más se gritaron que no escuché, pero de pronto vi que el hombre alto corría por la avenida hacia ellos llevando algo en la mano.
No pude ver qué pasó, pero la mujer del balcón del frente, que sí podía verlos, gritó con todas sus fuerzas, movió los brazos con angustia y, al final, llorando, se tapó los ojos y corrió hacia el interior de su casa. Más tarde vi pasar una ambulancia y dos carros de Policía. ¿Qué habrá pasado exactamente?
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