Céline y Proust

Céline
y Proust

Marzo 12, 2019 - 11:40 p.m. Por: Santiago Gamboa

Revisando por estos días mi biblioteca francesa, con algo de nostalgia de los días de juventud en París, me sumergí en esos volúmenes comprados en los libreros de viejo del Sena con mi exiguo presupuesto de estudiante pobre, lo que me llevaba a elegir, sobre todo, novelas de muchas páginas, que me alcanzaran para varios días de lectura.

La primera que leí enteramente en francés fue La peste, de Albert Camus, y luego, como se hacía entre la gente lectora de mi generación, volví a leer todo Camus en lengua original, desde sus obras teatrales hasta sus cartas. Lo mismo me pasó con André Malraux, comenzando por La condición humana y luego todo lo demás, incluidos sus asombrosos ensayos sobre arte y hasta una biografía que me permitiera seguir sus huellas por Asia.

Hoy, casi treinta años después, esos mismos libros son un espejo. Encontrar un subrayado o una vieja nota es un modo místico de comunicar con ese joven ardoroso y frágil, lleno de sueños, aterido de frío y con mucho miedo que deambulaba por París intentando inventar desde cero una vida de escritor. Al menos una vida propia. El hilo de esa experiencia que fue mía está en esas páginas leídas, y puedo verme sobre una colchoneta, en un cuarto de nueve metros cuadrados, en Neully sur Seine, sumergido en las obras de esos autores franceses, tomando de vez en cuando alguna nota y viendo cómo iba pasando la tarde por una ventana basculante que daba a los oscuros techos de los demás edificios. El recuerdo de una época dura que, hoy, es mi gran tesoro. Lo mejor que tengo.

Céline y Proust llegaron más despacio, pues los conocía menos y mi primera tarea fue ponerme al día con lo que ya había leído en traducción al español. Pero poco a poco se fueron instalando en mi biblioteca en ediciones de bolsillo que luego reemplacé por las originales de editorial Gallimard, que traje hasta Cali y hoy releo. A pesar de que siempre fui admirador de Camus y de Malraux, debo decir que los dos mejores escritores franceses del Siglo XX son Céline y Proust. No hay nada qué hacer. Y eso que, desde su técnica literaria, se podría decir que trabajan en el mismo sector, con el punto de vista de la primera persona.

La diferencia es que en Céline esta se transforma en literatura oral. Un torbellino. A Céline lo oímos al ritmo de la narración contada (a veces gritada), tal vez en un bar, con una copa de Gigondas en la mano, y se escuchan las imprecaciones, los chistes y casi los escupitajos debajo de la mesa, porque Céline trae a la página el habla vulgar del obrero o del soldado. Proust, en cambio, escribe una primera persona contemplativa, lenta, que persigue cada recuerdo por los infinitos meandros de su cerebro, allí donde, lentamente, se forman sus ideas literarias, esas increíbles percepciones que, capa tras capa, van precisando de un modo obsesivo cada episodio, paisaje o rostro.

Céline leyó a Proust, pero no viceversa. Proust era 23 años mayor y murió una década antes de que Céline publicara Viaje al fin de la noche, su obra maestra. Céline decía que el buen escritor era como el perro líder de los trineos en las exploraciones polares, el que podía detectar dónde el hielo estaba roto para evitar la caída de todo el convoy. Céline y Proust. Volveré a ellos. Ambos fueron increíblemente sofisticados y transformaron para siempre el arte de la novela.

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