Carver

Carver

Julio 23, 2019 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

“Los sufrimientos de un escritor sólo son interesantes cuando sus libros son interesantes”, le oí decir alguna vez a un escritor cubano cuyo nombre olvidé, tal vez fuera Carlos Victoria, exiliado en Miami y ya muerto. Sí, creo que fue a él. Es una frase que vuelve con frecuencia, pues amo las biografías y estoy en la de Raymond Carver, de Carol Sklenicka, un trabajo monumental, de los mejores que he leído en los últimos años.

¿Qué debe tener una biografía para ser una gran obra? No soy especialista, sólo un apasionado lector, pero me atrevería a decir que tres cosas: estar muy bien escrita, ser rigurosa y, sobre todo, hacer que uno quiera volver a leer toda la obra del biografiado, pues permite comprenderla mejor. Si cumple con eso, está en la categoría superior. Si además no podemos despegarnos del libro por su apasionada narración, sube aún algunos peldaños. Pero si su calidad llega a ser superior a la de la obra del biografiado, como, creo yo, pasa con ‘Cuando el poeta muere’, de Víctor Bustamante, sobre el poeta nadaísta Darío Lemos, entonces estamos en el paraíso de las biografías. Muy pocas logran este nivel. Pero me salgo del tema.

La de Carver, sobre todo, escenifica algo fundamental para comprender la literatura y es la infinita dificultad de la vida de un escritor; la suya es terrorífica: fue padre de dos hijos desde muy joven, tuvo problemas económicos y, como si eso fuera poco, sobrellevó un alcoholismo que aumentó con el tiempo y contaminó sus mejores años creativos.
La biografía es por momentos asfixiante al ver cómo la vida de Carver, en sus inicios, estuvo marcada por tal cantidad de preocupaciones, que uno siente claustrofobia. Nada parecía tener solución, todo conspiraba contra él y su querida Maryann, primera esposa y madre de los hijos, que lo amó y creyó en su talento de un modo descomunal. El recorrido de la vida de Carver nos muestra algo que tal vez sólo exista en Estados Unidos, y es el modo en que un cuentista —esa especie rara de la literatura— se abre paso entre los cañaverales de la edición hasta convertirse en un gran escritor.

En ese país y en la época de Carver, la cosa pasaba sobre todo por dos revistas: Esquire y Harper’s Bazaar. Publicar regularmente en ellas era estar del otro lado, pues ambas eran de alcance nacional y de enorme circulación. Las editoriales y el mundo literario no se perdían un número, y estar ahí era existir. Una prueba de supervivencia. Tan diferente a los inicios de un novelista, que sólo existe a partir de su primer libro editado, lo que puede ser incluso más difícil.

El tesón de Carver para sobreponerse y seguir adelante es conmovedor. Las revistas le rechazaban un cuento y él seguía. Reescribía una y otra vez. Volvía a enviar. Volvían a rechazarlo. Sonreía y se ponía a escribir. Si lo sacaban por la puerta, se metía por la ventana. Un cuento, otro, un tercero. Cambia esto, cambia aquello, y él, en silencio, trabajaba. Cerca de diez años así. “Sólo el que resiste gana”, dijo Cela, y Carver es un ejemplo. ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, Catedral, De qué hablamos cuando hablamos de amor. Sus libros de cuentos dialogan con Chejov y Maupassant, sus maestros. Y cuando al fin le llegó la fama fue elegante. Nunca usó su buena suerte para considerarse un elegido, todo lo contrario. Carver, un buen tipo al que es necesario leer cada vez más y mejor.

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