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Carlos Fuentes, años después

Agosto 12, 2020 - 11:55 p. m. Por: Santiago Gamboa

Releyendo algunos pasajes de su titánica y abrumadora novela Terra Nostra, caigo en cuenta de que ya han pasado 8 años de la muerte de Carlos Fuentes. Una vida realmente notable a la que sólo le faltó la espuela del Premio Nobel. Pero haber llegado, como él, hasta los 85 años sin gran deterioro físico y un día morirse sin dolores, aparte del momento de la muerte (supongo que ese instante acarrea algún dolor, pero es una suposición, pues nunca lo he vivido) me parece una suerte increíble. Firmaría desde ya por algo así, incluso con diez años menos de saldo. ¿Cómo será ese último momento? Como dice Wittgenstein: “La muerte no forma parte de mi vida. No puedo vivir mi propia muerte”.

Conocí poco a Fuentes, más o menos desde el 2008, pero en esos años fue amable y generoso y pude hablar con él de muchos temas. Recuerdo haber hablado sobre las muertes prematuras de escritores, y que él dijo que un escritor, en el fondo, nunca moría prematuramente así muriera a los 20 años, pues si moría como escritor es porque había concluido su trabajo y a veces la muerte se encargaba de completar el ciclo. Este no fue su caso: él sí pudo concluir su obra, darle un sentido global e insertarla en el tiempo y en la historia, organizarla y rebautizarla con el nombre de La edad del tiempo, haciendo que cada novela fuera pieza de una maquinaria relojera más grande.

Supongo que esto es el resultado de algo bastante obvio y es que en la literatura no existe el retiro por edad, ningún escritor se jubila y por lo tanto sigue y sigue reflexionando sobre su propio trabajo, el presente y el pasado de su trabajo. Incluso, por qué no, sobre el futuro de ese mismo trabajo. Al fin y al cabo, con los avances de la medicina y la ciencia la longevidad será cada vez más visible y los escritores vivirán más. Esto podría llegar a ser incluso monstruoso. ¿Se imaginan que Balzac estuviera vivo aún, con 221 años recién cumplidos? Calculo que habría podido escribir 90 mil páginas más, lo que sería francamente enloquecedor.

La muerte es una mano que detiene con suavidad a otra mano que escribe, y esto es razonable. Más razonable aún cuando el autor, como fue el caso de Fuentes, logra organizar su obra y darle un rumbo en medio de la nada, para que perdure en un sentido y orden específico y no a la deriva, como le sucede a tantos libros. Esto de la nada, en literatura, es también extraño. Cuando escribo me asalta la idea de que las novelas, todas, ya están acabadas en alguna parte y que uno lo que hace es ‘traerlas’ a la realidad del lenguaje y la imaginación.

Pero entonces, ¿qué pasará con las novelas de Fuentes o de Balzac que no fueron escritas?, ¿se quedarán flotando para siempre en esa especie de nada o magma esencial? Creo recordar que una vez Fuentes opinó al respecto, algo así como: “El mundo de lo no escrito siempre será más grande, abismalmente mayor que el de lo escrito”. Esto nos permite pensar que La edad del tiempo podría haber llegado a tener 100 mil páginas si la longevidad de Fuentes le hubiera dado más oportunidades. ¿Y por qué no un millón?

Acá entraríamos, como con Balzac, al terreno monstruoso del virtuosismo infinito. Pero no fue así, pues con su proverbial elegancia que tanto lo caracterizó en salones y eventos, Carlos Fuentes llegó hasta un punto y luego, pudorosamente, se retiró, para que hoy podamos recordarlo.

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