Adiós a don Fernando

Adiós a don Fernando

Noviembre 20, 2018 - 11:40 p.m. Por: Santiago Gamboa

Este año la muerte continúa sin pestañear su incansable trabajo de llevarse a buenos escritores, de trasplantarlos hacia su misteriosa heredad. Hace poco conmemoraba aquí a Naipaul y ahora le tocó al mexicano Fernando del Paso, evacuado la semana pasada a sus 83 años. Un gigantesco escritor, pero de obra relativamente breve, si nos atenemos a su larga vida.

Aunque decir esto, en el fondo, es no decir nada, pues cada escritor inventa para sí el tiempo de la escritura, y ese tiempo se mide y consta de minutos y días y años e incluso de décadas que son parecidos al tiempo de los demás, al de los lectores, sólo que en el caso del escritor este se comprime o expande según el ritmo, y por eso lo que algunos escriben en unos cuantos meses otros lo escriben en años o décadas, sin que el resultado permita jamás imaginar el tiempo real transcurrido; sólo las novelas malas revelan el cansancio o la ansiedad del autor.

La historia de la escritura de una novela puede ser una historia de terror o una historia de fantasmas; a veces es también una historia de amor, y por eso el tiempo que alguien emplea en escribir un libro se llama biografía. La vida de un escritor es la historia del tiempo que consumió escribiendo sus libros. “¿Mi vida? Me senté y escribí un libro”, es lo que dice.

Pienso en todo esto por Fernando del Paso, pues sus tres novelas ‘catedralicias’ (al decir de su esposa), es decir José Trigo, Palinuro de México y Noticias del Imperio le tomaron, cada una, una década, ni más ni menos. Un tiempo que para otros puede ser largo o excesivamente largo, pero que fue el que necesitó Del Paso para arponear cada una de esas tres enormes Moby Dick. Hay otra novela suya, un policial, llamado Linda 67, de la que conservo pocos recuerdos. Está bastante bien y tiene ritmo; ella es hermosa y seductora y en algún momento un rico empresario conduce un Porsche color ‘yema de huevo’. No recuerdo nada más, excepto el placer de haberla leído.

De sus tres grandes libros, tal vez mi preferido es Noticias del Imperio, una novela que leí con pasión durante varios meses y que luego la vida me ha ido recordando, pues cuenta la aventura de Maximiliano de Habsburgo, emperador de México, fusilado en el Cerro de las Campanas, Querétaro, y de su esposa Carlota, enloquecida, esperándolo en el castillo de Miramar, en Trieste, lugar que visité y en el que, puedo jurarlo, aún sentí en sus habitaciones desdichadas la presencia de una gran tristeza, la locura de un palacio cuyas ventanas dan todas al mar justo cuando alguien espera el regreso por barco de un marido que, además, ya se sabe que fue fusilado, propiciando la locura.

“Hoy soñé que vino el mensajero a traerme noticias del Imperio”, dice Carlota, loca y desgreñada, “y que Carlos Lindbergh me llevaba en su pájaro de fuego de vuelta a México”. Puede que esta cita final no sea exacta, pues me gusta citar de memoria, pero así de fuerte es este libro genial que ya quisiera volver a leer, tan pronto vuelva a mi biblioteca; y seguramente pasaré también un rato ojeando las páginas del médico Palinuro en mi vieja edición azul de Alfaguara, o la del huelguista ferroviario José Trigo, en Siglo XXI editores, personajes mexicanos que nos anticiparon a todos en Latinoamérica y que, sin duda, nos enseñarán a ser mejores.

Adiós, don Fernando, y gracias por sus libros.

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