Tecnocracia

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Tecnocracia

Agosto 16, 2019 - 11:35 p.m. Por: Ricardo Villaveces

En la semana que termina Guillermo Perry presentó su libro ‘Decidí contarlo’, en un agradable e interesante conversatorio con Alejandro Gaviria que, además, nos motivó a los numerosos asistentes a iniciar pronto su lectura. Dejaron los contertulios muy en claro que, en gran medida, el libro versa sobre el papel y la importancia de la tecnocracia colombiana en la construcción de instituciones públicas y en sus aportes al manejo serio y responsable de la economía colombiana, por lo menos desde el gobierno de Lleras Restrepo.

Sin haberlo leído todavía es bastante evidente esa contribución. Señalaba Perry como, junto con Chile, Colombia es el que ha tenido un buen número de servidores públicos estables con sólida formación académica que incluso no han pretendido tener fórmulas infalibles, sino que han solicitado periódicamente misiones de expertos que den una mirada externa a los problemas y les permitan confrontar sus puntos de vista con las teorías mas avanzadas y con los expertos mas reconocidos.

La tecnocracia, sin duda, ha sido uno de los grandes activos de la institucionalidad colombiana donde el bienestar general y de largo plazo ha estado por encima de las diferencias partidistas.

Contrasta nuestra situación con países como la Argentina, que hace cien años se veía como una de las economías destinadas a estar en la vanguardia del progreso y, en lugar de eso y a pesar de sus riquezas y de la formación de muchos de sus profesionales, lleva ya décadas dando tumbos en medio de gobiernos populistas, cortoplacistas e incompetentes para sacar adelante tan importante nación. Y poco halagüeño es el futuro cercano si vuelven a caer en las garras de la señora Kirchner.

Preocupa en nuestro caso es que no podamos desprendernos del todo de esos malos ejemplos y que se observen fenómenos como el de esta semana en que el dólar se disparó por cuenta de las elecciones argentinas. No hay duda que tenemos una situación de debilidad en nuestras cuentas externas que llevarían a un sendero devaluacionista, pero no tenemos por que caer el juego de los ‘yuppies’ que operan este mercado y entrar en la montaña rusa que puedan experimentar otros países solo por obtener ganancias de corto plazo con la volatilidad cambiaria cuando, como en este ocasión, son tan distantes las relaciones entre esas elecciones y nuestra moneda.

Este tipo de comportamientos se suman a planteamientos que no dejan de preocupar pues parecerían olvidar el manejo serio y responsable de la economía. Es el caso de las propuestas de considerar las privatizaciones y las utilidades del Banco de la República ingresos corrientes y, mas aún, inventarse artificios para pasar recursos de un bolsillo a otro como puede ser la figura que el gobierno pretende proponer para llevar a cabo lo que ha llamado “disposición de activos” en lugar de privatización.

El libro de Perry debería llevar a quienes tienen esas responsabilidades a reflexionar sobre la importancia de las medidas serias y bien sustentadas por los tecnócratas, antes de caer en el cortoplacismo que solo nos puede llevar a más problemas.

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