Sencillamente repugnante

Sencillamente repugnante

Septiembre 16, 2014 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

La degradación de la política llegó a una etapa que repugna, produce tristeza, asquea, y muestra que está en niveles inverosímiles. Para muestra un botón: el caso del hacker Andrés Sepúlveda. Un personaje sobre el que hay versiones contrapuestas. Algunos afirman que dice la verdad cuando revela “chuzadas” telefónicas a personajes notables; espionaje a dirigentes políticos; una campaña contra el proceso de paz, pieza esencial del gobierno de Santos; y otros oscuros y delictuosos manejos, ordenados por un grupo político. Es indispensable emprender enérgica y rigurosa investigación sobre la veracidad de Sepúlveda y las pruebas que debe tener para formular sus explosivas afirmaciones. Que -de ser ciertas- muestran a una nación degradada, envilecida, afectada por el sucio espionaje contra organizaciones políticas, dirigentes, y el propio Estado.Pero el asunto no termina allí. Verdad o novela, Sepúlveda mostró al país un cuadro vergonzoso y punible sobre la manera como operan ciertas campañas políticas -no todas: en nuestros partidos hay también gente decente, políticos honestos y dirigentes respetables -y la utilización de métodos equívocos para combatir al adversario. Su caso es según expertos en la espinosa materia la punta del iceberg. La cabeza de una serie de pecados mortales contra la libre expresión democrática y la tarea política. Que -cuando se hace con honestidad y respeto por la verdad- es necesaria en una sociedad libre.¿Hasta dónde se llegará con las afirmaciones del personaje? Mucho me temo -y ruego no estar equivocado- que terminen en nada. Eso se ha convertido en una siniestra costumbre; se oyen historias repugnantes de corrupción política, administrativa o social, y fuera de la información de prensa, la cosa termina por desaparecer. Sin indagación rigurosa que establezca quiénes son responsables de esta práctica inveterada que lesiona la democracia.Ya es hora de iniciar labor de alto nivel sobre funestos aspectos de la política (la compra de votos, entre otros), que se convirtieron en pan de cada día. Ignorar ese maloliente ‘affaire’, dejarlo que crezca más de lo que ocurre; ignorarlo; echarle tierra, etc., etc.; no solo es delito, es ofensa gravísima a la Nación. Deslegitimar la función pública y enterrar la democracia frágil -pero democracia al fin- que aún conservamos. Ese debería ser un propósito nacional, del que carecemos. A la política hay que rescatarla del descrédito en que ha caído. Y de la penuria de ideas relevantes que la caracteriza.

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