Convivir con la violencia

Convivir con la violencia

Septiembre 23, 2014 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Los sucesos favorables no parecen tener interés mayor para los colombianos. En cambio, los crímenes atroces, la toma de poblaciones, los asesinatos espeluznantes, los secuestros y asonadas, despiertan maniático interés y tienen amplia difusión. Millones de compatriotas se solazan con este tipo de delitos espantables: lo macabro atrae. Se volvió costumbre registrarlo con despreocupación. Probablemente por una razón, nuestra gente nace, vive y muere, en acre olor de mortandad. Fruto de violencia que pasa de medio siglo, tiene características de inicuo salvajismo y nos ha marcado en la escena universal con un puesto vergonzoso. ¿Qué viene? Una segunda etapa: clave, decisiva, capital: preservar, instrumentar, conservar, desarrollar un proceso de paz sólido, serio, con acento social y apoyo resuelto de las mayorías nacionales. Que tienen papel ineludible y decisivo. Se ha dicho hasta el cansancio que la paz es con todos. Eso es tan cierto que si uno o varios sectores de la sociedad se marginan del apasionante proceso, conformistas, abúlicos y siguen tan campantes y ajenos a la nueva situación, sin asumir el papel que les concierne, esa etapa de sembrar paz duradera se derrumbaría. Y -Dios no lo quiera- en la puerta del despacho de los presidentes habría que poner el clásico aviso: “Se alquila este local”. Si la sociedad unida no afronta su obligación de preservar la paz, el país caerá en el abismo. Hay que luchar no solo en su favor, si no por el futuro de los suyos. Eso es magna tarea para el posconflicto. Hacer lo que no se hizo para acabar el enfrentamiento. Algo noble: acabar con la violencia, la muerte, el crimen colectivo; vivir -en síntesis- como seres humanos. Es necesario que la sociedad abandone su indiferencia por el drama que vivimos y le de apoyo fervoroso a la obra que el presidente deberá dirigir y su gobierno impulsar. “Obras son amores y no buenas razones”. Es mejor hacerlo por las buenas que ignorarlo y nos lo hagan por las malas. ***Tenía 29 años y sus amigos le llamaban ‘La niña’. Ana María Holguín Cortés era inteligente, tierna y con ávida curiosidad intelectual. Acumuló vivencias como sicóloga de la Universidad Javeriana. Fue magíster en Sicología Clínica y de la Salud, en la Universidad de los Andes. Y realizó un excelente trabajo de grado con un estudio sobre el manejo del dolor. Su existencia estuvo rodeada por el afecto y la admiración de quienes tuvieron el privilegio de disfrutar de su grata amistad.

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