50 años y matándonos...

50 años y matándonos...

Julio 30, 2013 - 12:00 a.m. Por: Ramiro Andrade Terán

Las cifras hablan por sí solas: 220 mil personas asesinadas entre 1958 y 2012 en la guerra interna; 1.982 masacres, de espantables características; 7.744.046 desplazados que viven -con escasas excepciones- en una pésima situación; 10.189 víctimas de minas antipersonales, muchas de ellas mutiladas. Son datos parciales de los siniestros resultados de una matanza de medio siglo. Que no incluyen el gigantesco daño económico causado por ese conflicto a una nación que -pese a las desgracias del enfrentamiento- ha tenido un sorprendente avance en su proceso de desarrollo.Este país ha consumido más de 50 años en el arte siniestro de matarse los unos y los otros. Todos los intentos -conocidos y secretos- para ponerle fin a ese episodio monstruoso, han sido inútiles. Las conversaciones de La Habana se las llevará el viento que flota sobre el mar que la circunda. Serán otro saludo más a la bandera y tendrán toda la triste grandeza de los actos inútiles.Me parece que la sociedad colombiana tiene una enfermedad mortal: conformitis. La gente se acostumbró a la violencia; se conformó con los secuestros, los asaltos, el creciente número de víctimas. Que conoce en el periódico mañanero, mientras desayuna sin que le causen ya mortificación alguna. O se las recuerden en las cadenas radiales y la omnipresente televisión. Esa tolerancia con el violento episodio de cinco décadas, no favorece a nadie distinto que a los propios autores de esa tragedia. Presidente que se respete, lo primero que hace al obtener su elección es afirmar que hará la Paz. Lo repetirá en su discurso para asumir el altísimo cargo. Pero la dura realidad -por desgracia- lo dejará, a él y a la sociedad entera, con los crespos hechos. Con otra esperanza que se pierde.¿Es positiva la política de paz del gobierno? Si se acepta que ella se hace para que se acabe con la muerte y las desgracias de una lucha absurda, hay que admitir que nadie está ganando ese conflicto. Ni el gobierno, que no la acaba; ni la guerrilla, que no se sentará en la silla presidencial. Mientras tanto, la ominosa violencia cubre con su espeso manto todo el escenario de la República. Si las mayorías de una nación no se comprometen a fondo con la pacificación total, y se contentan con los diálogos inútiles de todos los gobiernos, el esfuerzo supremo del regreso a una vida sin el crimen colectivo será mucho más difícil. Todo el mundo tiene un deber con la pacificación. Este debe ser el gran “propósito nacional” del que habló el expresidente Alberto Lleras Camargo.

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