La educación es la clave

La educación es la clave

Enero 04, 2015 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

Aunque tentador, no jugaré a hacer las proyecciones del año. Prefiero abordar un asunto trascendental que urge un cambio estructural, tan urgente e importante como el de la justicia (que es la otra gran reforma pendiente): la educación. Hace un par de semanas se conocían los resultados nacionales de las pruebas Saber que miden a los estudiantes de grado once en todo el país. Los resultados son devastadores. No solo ratifican lo que ya nos han dicho las pruebas Pisa (usadas internacionalmente para comparar la educación en los diferentes países y en las que quedamos de 62 entre 65), sino que prueban que en los últimos tres lustros no avanzamos nada. En efecto, la calidad de nuestra educación es un desastre y en lugar de ser un instrumento de superación es el pozo donde se ahonda la desigualdad. Apenas un puñado de estudiantes de colegios privados de clase media y alta alcanzan resultados satisfactorios. Entre los primeros 100 colegios hay uno público, en el puesto 48. En los siguientes 100, cuatro más. En los 700 colegios mejor calificados, solo hay 24 oficiales. Apenas unos centenares de colegios, casi todos privados, obtienen promedios superiores a 60 sobre 100. Los demás se rajan. Julián de Zubiría, rector del colegio con mejor puntaje en el país, señala que además nada hemos progresado: al comparar los resultados del 2000 con los del 2014, apenas mejoraron 800 colegios, casi sin excepción privados, 500 empeoraron, todos públicos, y hay 11.000 más estancados. Por cierto, los colegios oficiales por concesión sacan mejor promedio que los demás públicos. Los resultados demuestran inequívocamente que la educación privada es mejor que la pública y que la de las ciudades es mejor que la de las áreas rurales. Las excepciones no modifican estas reglas generales. No he podido conocer si se han evaluado ya los resultados por género. Pero si en los dos primeros puntos, peor la educación pública que la privada y peor la rural que la urbana, se ha confirmado lo que mostraban ya las pruebas Pisa, seguramente en el tercero también: a las mujeres les va peor que a los hombres. Así las cosas, tenemos un sistema educativo que castiga a los más pobres y a los campesinos, ambas resultados típicos en los países latinoamericanos, y que tiene un sesgo negativo hacia las mujeres, lo que sí es muy nuestro. De manera que en Colombia el sistema educativo no es un factor de equidad. Y el problema no es de cobertura, donde se ha avanzado enormemente en los últimos doce años, aunque aún hay un rezago sustantivo en preescolar. No es una falla menor y ahí hay que concentrar un enorme esfuerzo. Está probado que las competencias intelectuales y afectivas fundamentales en la vida se construyen hasta los seis años. Es, pues, un período clave donde está probado una y otra vez que una buena educación preescolar hace una diferencia vital inmensa. El problema tampoco está en la educación universitaria, donde solo llegan apenas algunos de los que terminan la secundaria. De manera que es un error de oportunidad concentrar el empeño ahí. Así que bien valdría el debate de si el programa de subsidios universitarios del Gobierno va o no en la dirección correcta. Y no porque la universidad no sea importante, sino porque quizás haya asuntos que, aunque menos visibles y políticamente menos rentables, lo son aún mucho más. El problema, hecha la salvedad anterior, está en que la educación pública no da las herramientas para progresar y perpetúa la desigualdad.

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