Desgobierno

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Desgobierno

Julio 21, 2013 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

A lo largo y ancho del territorio nacional crecen como hongos los paros, bloqueos y huelgas. El Catatumbo muestra el fracaso del Gobierno. En el fango de Tibú se han hundido todos. Uno detrás del otro, los funcionarios regresan a Bogotá con las manos vacías. Ni siquiera Angelino, viejo experto en negociaciones, consiguió levantar el bloqueo. Apenas unos días antes había pedido al Ministro de Hacienda “untarse de pueblo”. Y él va, se “unta” y fracasa. Si otras veces he defendido a Angelino, que le pone un pie a tierra a un gobierno perdido en intrigas palaciegas, esta vez hizo el oso. Primero porque aquí el problema no es untarse de pueblo, segundo porque el ataque a Cárdenas sugiere que el paro se resuelve con plata, que tampoco, y después porque él mismo fue y vio un chispero.Las causas del embrollo son varias. La primera es social e histórica. Por décadas el campo colombiano ha estado abandonado. La infraestructura para sacar los productos es inexistente y no hay sistemas de acopio y comercialización. Los servicios públicos son escasos, cuando los hay. La calidad de la educación pública, mala en todo el país, es aun peor en el campo. De la salud no hablemos. El campesino colombiano apenas sobrevive. En esas condiciones es apenas normal que proteste.La segunda son la inseguridad y la violencia. Es en las zonas rurales donde más se sufre la presencia de los grupos armados ilegales y la embestida del narcotráfico. En tan precarias condiciones, es fácil convencer al campesino de que siembre amapola, coca y marihuana. Con los narcocultivos vienen la prostitución, la guerrilla y las bandas criminales. Para la guerrilla es sencillo conseguir apoyo para protestar contra la respuesta estatal de erradicación forzada y fumigación. Aunque en este terreno hay avances enormes, los esfuerzos de sustitución y desarrollo alternativo son aun insuficientes. En el Catatumbo, en el Cauca, en Putumayo, la agitación social se aglutina en torno a la defensa de los narcocultivos.La tercera está íntimamente relacionada con La Habana. Las Farc y el Eln está intentando demostrar que tienen más que fusiles, acosan y distraen al Gobierno y buscan ampliar su base de apoyo político. No hay duda de que son sus militantes o personas afines quienes lideran buena parte de las protestas. Al encabezarlas, se abrogan la representación de sectores que no tienen voz. Con la agitación sociopolítica, además, la guerrilla presiona en la mesa de negociación y le mide el pulso al Gobierno. Y le está ganando.Por último, está el Gobierno mismo. Por un lado, las protestas desnudan su incapacidad de ejecución. Este gobierno tiene en su bolsillo a los medios con una mezcla nauseabunda de relaciones familiares, mermelada e intimidación. A los críticos los estigmatiza, los acosa y los persigue. Con todo, la campana de silencio no logra esconder su ineptitud. Es imposible. El ciudadano de a pie y el campesino, la gente del común, percibe el desastre del Gobierno porque lo sufre cotidianamente. Por el otro, el afán de complacer a todos y la debilidad consustantiva frente a quienes protestan, incentivan a otros a usar las mismas vías. Cuando el Gobierno se apresura a dialogar aunque haya bloqueos y violencia, cuando dispone enormes sumas de dinero para tratar de acallar a quienes se levantan, solo envían el mensaje de que el camino para conseguir lo que se quiere es precisamente ese, el de la huelga, el bloqueo, la protesta violenta.Y cuando parecía ponerse por fin los pantalones, nadie le cree. En esas estamos, en el desgobierno. ¡Y lo que viene!

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