Con oscuras intenciones

Con oscuras intenciones

Septiembre 21, 2014 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

Un sabor muy maluco dejó el debate promovido por Iván Cepeda contra Álvaro Uribe. Más allá de que se limitara a reciclar viejas denuncias contra el ex Presidente y de que el jefe del Centro Democrático diera otra muestra de su carácter valiente y frentero y, de paso, desenmascarara a más de un hipócrita, el debate hace daño.Primero, porque aunque los hechos demuestren que Uribe combatió durante su gobierno con decisión y sin descanso no solo a la guerrilla sino también a narcos y paras, y extraditó a centenares de estos, incluidos los grandes jefes que siguieron delinquiendo después de los acuerdos de Ralito, la repetición amplificada de las acusaciones afecta la imagen y la reputación de Uribe. En este país de desmemoriados la gente no conoce la historia y no recuerda sino lo más reciente. Y de a poco a la gente le va calando el discurso antiuribista de los grandes medios que, cada vez que pueden, le hacen eco a los ataques que desde distintos flancos le hacen al ex Presidente. Calumniad, calumniad que de la calumnia algo quedará, decía Voltaire. Y la extrema izquierda, el santismo antiuribista, y los jefes paras que desde su extradición a los Estados Unidos juraron venganza, han hecho de la calumnia su estrategia. Todos coinciden en querer destruir a Uribe, sin importar los medios ni el costo. Si no pueden asesinarlo, la alternativa es su liquidación moral. Segundo, porque Cepeda se ha dado un baño de popularidad que lo fortalece. No hay que olvidar que su padre fue dirigente del Partido Comunista cuando este, según han confesado varios de sus miembros, actuaba de la mano y a veces bajo la instrucción de las Farc. No es casualidad que uno de los frentes lleve su nombre. Y no se trata de delitos de sangre o de que Cepeda cargue con las culpas de su padre, sino de reconocer su vínculo histórico con las Farc y la extrema izquierda.Tercero, porque se le hace el juego a las Farc. Se deben estar frotando las manos por partida doble. Con el debate consiguen cambiar el eje de la discusión pública, que giraba en torno a su responsabilidad en miles de horrendos crímenes y la reparación a sus víctimas, para centrarse en el paramilitarismo. No importa que ya no haya paras sino bandas criminales comunes y aliadas con las Farc, que sus jefes estén extraditados, y que más de medio centenar de parapolíticos hayan sido condenados, otra vez se habla de eso y no, como se debería, de las Farc y de los políticos vinculados a ellas. Además, el “establecimiento”, es decir, lo que no está con la izquierda, se fractura cada vez más. Yo, que me volví antisantista a fuerza de decepción, no dejo de ver el asunto con preocupación. Temo que la división permita que en el 2018 por la mitad se cuele un izquierdista populista o uno radical. Para rematar, las Farc salen fortalecidas en la negociación. La preocupación de los negociadores del Gobierno ya es evidente. “Esta polarización me preocupa más que cualquier cosa, que lleguemos hipotéticamente a un acuerdo en La Habana y se vuelva inviable por la polarización que existe en Colombia”, dijo hace un par de días Humberto de la Calle, jefe de los negociadores. Es su reconocimiento de que, como van las cosas, la división del establecimiento debilita a los negociadores y pone en peligro la refrendación de los eventuales acuerdos.Entiendo su preocupación. Pero quizás deberían empezar por pedirle a Santos que no se sabotee a sí mismo. El debate contra Uribe, negado en la plenaria, solo se pudo realizar en la Comisión II con el ruin apoyo de la Casa de Nariño.

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