A mí no me pagaron

A mí no me pagaron

Junio 12, 2011 - 12:00 a.m. Por: Rafael Nieto Loaiza

Curioso lo que despierta Mockus entre sus seguidores. Lo ven como un santo, un Ghandi de la política. A mí se me parece más a Sai Baba. Hay varias cosas que me molestan y no me refiero a su natural inclinación a la payasada. Una, la permanente insistencia de Mockus y de sus fanáticos de creerse los únicos buenos, los dueños de la moral pública, y la descalificación de todos quienes no pertenecen a su cofradía. Si los contradictores están entre aquellos que han votado por Álvaro Uribe, el asunto es aun peor. “Ah, usted uribista, ¿cómo se atreve a cuestionar a Mockus”?, es frase que recitan sin descanso. Poco importa si ahí entra el 75% de los colombianos que, según la última encuesta del Centro Nacional de Consultoría, todavía tiene una imagen favorable del ex Presidente, a pesar de la incansable y sistemática campaña de medios para moler a Uribe. Dos, la deslealtad. Antanas estaba obligado a apoyar a Peñalosa, el candidato de su partido y quien se la había jugado hasta el final a pesar de los monumentales errores que cometió Mockus durante la campaña presidencial. Antanas no sólo tiene el mérito de haber convertido la ola verde en una marea de laguito, sino que apenas pierde la lucha por la candidatura de Bogotá empieza a sabotear a Peñalosa (recuérdese, por ejemplo, su intención de proponer a Gina Parody como candidata). Y después, derrotado en el comité de dirección de los Verdes en su pretensión de no autorizar las conversaciones con la U, huye. Tres, la inconsistencia. No es que sea mal encarnado sólo en Antanas, pero pocos como él para veletas. Salta de la independencia a los indígenas (¡de carcajada¡), de ahí a fórmula presidencial de Noemí, después a los ‘visionarios’, pasa por los verdes y… Me suena que falta un largo etcétera.Cuarto, el personalismo. Mockus no tolera sombras ni contradictores. Le gusta lo suyo y sólo lo suyo y por eso no aguanta un partido. El ego no le cabe en el cuerpo. Es rey en la feria de vanidades. Necesita estar en el foco. De ahí su insistencia, que gusta en llamar pedagogía, en la ‘excentricidad’ y llamar la atención. Quinto, el comportamiento ‘ilegal’. Pregona el acatamiento a la norma, a la legalidad, pero apenas el resultado de la aplicación de la regla no le gusta o no le conviene a sus intereses, la abandona sin pudor. Peñalosa no se salió de madre o actuó por la suya. Fue elegido como candidato por los verdes de acuerdo con las reglas de juego de ese partido y había entrado en diálogo con la U con autorización que recibiera de la dirección verde. Esa es la política: reglas ciertas para resultados inciertos. Mockus pierde y se va. No cumple los acuerdos ni respeta las normas. En él es aun más grave, porque el cumplimiento de acuerdos y normas es la base de su discurso político. Predica lo que no aplica.El resultado ha sido una bomba a la posibilidad de éxito de Peñalosa. Y dinamitar a los Verdes, fracturarlos por dentro, quizás irremediablemente. Frustrar las expectativas de tres millones que han creído en esa vía política. Y debilitar la democracia, que necesita partidos independientes y espacios para quienes no están en el gran acuerdo de unidad nacional. Con el Polo y los verdes suicidándose, no habrá ni oposición ni alternativa. Mockus dice que no ha abandonado la idea de ser candidato. Sería el colmo que el escándalo sólo escondiera su ambición electoral. Lo olvidaba: a mí no me pagaron, escribí porque quise.

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