Fragmentos

Fragmentos

Marzo 12, 2019 - 11:35 p.m. Por: Philip Potdevin

Es Fragmentos un contramonumento? Sí, un homenaje donde, en lugar de exaltarse, como todo monumento, hechos, ideas, o un personaje -en este caso la guerra-, se rinde tributo al silencio, al sobrecogimiento, al perdón y a la petición de la no repetición. La artista Doris Salcedo ha denominado así su impresionante y sorprendente obra Fragmentos.

Conversando con amigos que viven en Cali, (resido en Bogotá hace años) observo que muchos caleños y vallunos desconocen la existencia de este escalofriante testimonio, quizás porque fue inaugurado apenas en diciembre pasado. En la misma capital muchos desconocen su existencia.
Doris Salcedo logró convencer al gobierno anterior que le cediera las 37 toneladas de armas entregadas por las Farc tras el Acuerdo de Paz.

Acompañada por la Policía nacional, que se encargó de desactivarlas, las fundió en los talleres de Indumil e invitó a un valiente grupo de mujeres, víctimas de agresiones sexuales durante el conflicto, para que la acompañaran a martillar ese hierro fundido hasta darle forma de baldosas de cuarenta por cuarenta centímetros y formar con ellas un silencioso y sobrecogedor homenaje a las víctimas de la guerra: el piso (el arte es metáfora) para un nuevo país, para una esperanza duradera de paz. Eso es Fragmentos. Las armas ya no están: lo que queda de ellas reposa bajo nuestros pies, transformadas, mientras deambulamos en silencio por la vieja casona de La Candelaria que alberga el contramonumento. Y, si bien las armas físicas desaparecieron, su presencia se siente en la rugosidad, en la textura, en el color plomizo de las losas que traspasa el calzado y llega a nuestras entrañas en una suerte de relámpago que remueve el alma y nos induce a profundos minutos de reflexión.

El mérito de Doris es múltiple: primero, la concepción de la idea -¿qué obra artística hacer a partir de 37 toneladas de fúsiles, ametralladoras, morteros, obuses, pistolas y municiones?-, pregunta que responde con la idea que vive en Fragmentos; luego, el persuadir al gobierno para que le cediera las armas; tercero, el incorporar a mujeres víctimas del conflicto, pues sin ellas no hubiera sido lo mismo y, por último, la cristalización del proyecto, hoy abierto a colombianos y extranjeros, para que tengamos una experiencia difícil de describir en palabras, como siempre produce el buen arte.

Quiero invitar a los lectores, en su próxima visita a Bogotá, a que
separen unos minutos de sus atareadas agendas, y visiten Fragmentos o si viven en la capital, simplemente vayan en cualquier momento. Está a pocos pasos de la Plaza de Bolívar y es imposible quedar incólume después de permanecer unos momentos allí, más allá de la opinión de cada cual sobre la guerra, el conflicto o como quiera llamársele o negársele; más allá de si se está de acuerdo o no con los Acuerdos de Paz.

Pero atención: Fragmentos, a dos meses de su inauguración, peligra en su subsistencia. Si bien ha sido concebido con un horizonte de 53 años (los años que duró el conflicto) como sede para que otros artistas expongan sus personalísimas interpretaciones del conflicto, Fragmentos podría dejar de existir en pocos meses. «No nos pueden quitar esto» dijo, con firmeza, Doris Salcedo al encontrarla hace unos días en la casona. Y cuando pregunté cuál era su temor, entendí. Entendí que hay intereses para que Fragmentos muera por inanición, como se hace cuando se quiere matar lentamente un proyecto de esa naturaleza: recortando el presupuesto oficial que requiere para subsistir. Es necesario que nos unamos para defender esta obra de arte. No hacerlo es borrar la memoria; no hacerlo es, como tantas cosas que presenciamos hoy, volver a un pasado de horror.

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