Mejor, no

Mejor, no

Septiembre 26, 2016 - 12:00 a.m. Por: Pedro Medellín

“Lo raro no es que se firme paz, sino que haya gente dispuesta a votar que no”, escribió en su cuenta de Twitter Íngrid Betancur. En un país que está saliendo de una guerra, la exsenadora y víctima de las Farc, tendría razón. Pero semejante racionalidad no se aplica en un país donde una multiplicidad de grupos armados ilegales se disputan a sangre y fuego el control territorial, y en las ciudades la violencia ha llegado a una degradación jamás imaginada. En cualquier lugar del mundo, lo que se espera, cuando dos ejércitos firman la paz sin que uno haya podido vencer a su oponente, es que las partes asuman una actitud consecuente con su nueva condición. Que las muestras de superioridad y soberbia, sean reemplazadas por las de perdón y reconciliación. Pero cuando las partes quieren convertir la firma del acuerdo de paz en una victoria política, en la justificación de su acción armada, o en el camino que les proporciona una tajada adicional de lo que ya tenían, pues las cosas adquieren otro contenido. La valoración del acuerdo, hecha explícita (por ejemplo) en las ‘30 tesis de discusión de la X Conferencia de las Farc’, como un parte de victoria que valida y justifica sus acciones, no refleja precisamente su disposición hacia la paz, ni un lenguaje que busque honrar a las víctimas. Sobre todo aquellas que cayeron sin ser parte del combate o tener la más mínima posibilidad de enfrentar en igualdad de condiciones a sus verdugos. Tampoco está honrando la acción de los combatientes. Lejos de reconocer que en la guerra se transgredieron los límites de lo admisible (aceptando la comisión de comportamientos que como los ataques a poblaciones, masacres o crímenes de guerra), sólo asume las responsabilidades que “le corresponden a nuestro ejército guerrillero en ejercicio del derecho a la rebelión”. Pero tampoco es que el gobierno haya hecho un esfuerzo por honrar a las víctimas. Más allá de las declaraciones grandilocuentes sobre la centralidad de las víctimas en la negociación, nunca hubo muestras fehacientes de que fuera así. Es más, en una comunicación suscrita por más de 43 mil víctimas y formalmente entregada a De la Calle (Nov de 2014), le pedían al gobierno –entre otras cosas- que en la negociación, “Todas las víctimas deben tener los mismos derechos, independientemente de la proveniencia de sus victimarios. El dolor y el daño a la dignidad humana de todos los lesionados es exactamente el mismo y, por ende, el reconocimiento y la garantía de sus derechos también deben serlo. Por ello, estamos pidiendo los mismos mínimos de justicia que han tenido las víctimas de los grupos paramilitares y las del Estado”. Lamentablemente la comunicación nunca fue respondida, ni siquiera para agradecer las propuestas presentadas a la mesa de La Habana.No de otra manera se explica que, organismos tan serios como Human Rights Watch, hayan levantado su voz frente a la amenaza de impunidad que refleja este acuerdo. “Nos preocupa, en cambio, que la definición de responsabilidad de mando incluida en el acuerdo se aparta de la definición aceptada en el derecho internacional; por ejemplo, en el Estatuto de Roma. Así, la definición podría exigir que las autoridades de la Jurisdicción Especial para la Paz demuestren que los generales del Ejército o comandantes de las Farc conocían los delitos cometidos por sus subordinados, un requisito que no exige el derecho internacional y puede resultar muy difícil de probar”.No es una decisión obtusa. Votar que No al acuerdo, no significa cerrar las puertas a la paz, sino exigir que un esfuerzo de esa magnitud, requiere de un empeño genuino y generoso de las partes por reemprender un camino basado en dos pilares: honrar a las víctimas y fortalecer la justicia. Ni la paz se logra a cualquier costo, ni se hace justicia de cualquier manera.

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