El dictador no es maduro

El dictador no es maduro

Febrero 03, 2019 - 06:45 a.m. Por: Pedro Medellín

El cerco tendido por la comunidad internacional sobre los recursos económicos y la diplomacia de Venezuela, no tiene antecedentes. Comenzar a ver videos en los que se registra cómo el personal de seguridad de la OEA saca a empellones al embajador del gobierno de Nicolás Maduro ante ese organismo, para recibir al nuevo embajador nombrado por Juan Guaidó, tiene un inmenso significado.

1) Evidencia que el gobierno venezolano se está quedando solo. Los cuestionamientos sobre el carácter dictatorial de un régimen que además de destruir el aparato productivo ha sido responsable de uno de los más grandes desplazamientos forzados en el continente, han puesto contra la pared a una dirigencia que se niega a reconocer el fracaso de un proyecto que pretendió ser ‘revolucionario’ y está terminando como una gran corrupción.

2) Revela la inmensa fragilidad política en que está sumida Venezuela. No sólo por una dirigencia que fue incapaz de estructurar un proyecto político que mejorara las condiciones de bienestar de los venezolanos, sino también por una oposición que no ha podido superar los personalismos y la guerra interna de intereses, que les ha impedido estructurar un proyecto que derrote al chavismo. Si no es por la acción decidida de la comunidad internacional, la proclamación presidencial de Guaidó no habría pasado de una escaramuza más de los opositores a la revolución bolivariana.

3) Hizo visible que el problema de Venezuela no es Nicolás Maduro, ni su obstinación por mantenerse en el poder. Ya Maduro no es siquiera un actor relevante en la crisis venezolana. Ya no decide nada. No importa. El problema real, el verdadero, está en los militares. O más precisamente, en el poder de los militares que son los que ciertamente están sosteniendo un régimen corrupto de favores y represión, que los beneficia y que no van a abandonar fácilmente. Estamos hablando de un aparato de guerra sostenido por 2.263 generales, varios de ellos en los más de 300 altos cargos que controlan en el Estado venezolano. Ahí está el problema de verdad.

Puestos frente al poder de los militares, ahora controlado por el general Vladimir Padrino López que, además de un paradójico y revelador nombre, tiene una importante trayectoria al servicio del chavismo: jefe del Estado Mayor del Ejército hasta 2013, comandante estratégico operacional de la Armada Nacional hasta junio de 2017 y ministro de Defensa desde 2014 hasta hoy. Es uno de los generales a los que Estados Unidos y la Unión Europea le ha impuesto sanciones económicas y ha bloqueado sus cuentas bancarias y de bienes, por las violaciones de derechos humanos en Venezuela.

Frente a la realidad de un régimen controlado por el general Padrino, la salida de la crisis es mucho más difícil. No sólo por el férreo control que mantiene sobre el aparato militar del país, al que la logrado mantener unido a pesar de las denuncias y renuncias que esporádicamente se presentan en las Fuerzas Armadas venezolanas. También porque el poder de Padrino será definitivo en la salida a la crisis. Como se trata de un General al que las sanciones económicas le anticipan un juicio en la Corte Penal Internacional por violaciones a los derechos humanos, es de esperar que la salida a la crisis no sea por la negociación política, sino por una confrontación armada.

Aquí la pregunta es: ¿Se tratará de una confrontación armada interna? O más bien Padrino, ¿estará interesado en una confrontación armada externa? En el primer caso no es difícil predecir la masacre que se viene en Venezuela por la desproporción de fuerzas en juego. Pero si la confrontación es externa, el problema será con Colombia. Y ahí el asunto adquiere otra naturaleza. No sólo le garantiza la unidad militar en torno suyo, sino que además de unificar a los ciudadanos en torno de una guerra anunciada, le va a dar al régimen chavista un margen de tiempo que tanto necesita. El problema no es Maduro.

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