Legalismo para Ripley

Legalismo para Ripley

Septiembre 14, 2014 - 12:00 a.m. Por: Patricia Lara

Ese legalismo que aquí todo lo paraliza casi me produce un infarto el viernes, cuando estuvimos a punto de quedarnos en el Cementerio Central de Bogotá con el féretro de un ser querido, sin darle sepultura, ni saber qué hacer con él.La historia es la siguiente: el jueves falleció Amelia Beltrán, mujer inteligente, honesta, discreta, leal, secretaria de mi padre durante 29 años y después asistente mía hasta hace unos siete años, cuando se retiró debido a su edad avanzada. Nuestro vínculo era tan estrecho, que le pedí a su familia que la enterráramos en el mausoleo de mi papá.A pesar de que la velación se había hecho en la funeraria, cumpliendo con todos los requisitos, el viernes, poco antes de que en las exequias repartieran la comunión, Mónica, mi secretaria y sobrina de Amelia, se me acercó y me dijo:_No pueden enterrar a mi tía, porque el mausoleo no aparece en la sucesión de su papá._¡Pero si después de que él y mamá murieron enterramos ahí a varios sin problema!, exclamé. _¡Nos vamos ya para el cementerio!Salí a toda velocidad con Mónica y mi hijo Federico. Me comuniqué con el administrador. Me dijo que él no podía permitir que enterrarámos ahí a la difunta porque su deber era hacer cumplir la Resolución 5194 del 2010. (Ya él tenía en sus manos la escritura del mausoleo y el certificado de libertad)._¡Pero si ya van con el ataúd, señor!, le grité.Con el estrés a mil porque en unos quince minutos el féretro saldría de la iglesia, le dije que yo era periodista y que si no permitía que le diéramos sepultura, le armaría un escándalo. El hombre respondió que no lo amenzara. Y más enfurecida aun, le dije:_¡Ya mismo lo va a llamar Alfonso Gómez Méndez, exministro de Justicia, exfiscal, exprocurador!Federico le pidió a su papá que interviniera. Mi exmarido llamó al administrador y lo convenció de que permitiera el entierro. Pero el hombre exigió que le dieran un concepto: ¿de quién?; ¿sobre qué? No importaba: necesitaba un papel. Entonces, ya cuando terminaban las exequias, mi ex le preguntó si le serviría un concepto de la Secretaría de Salud. El administrador dijo que sí. Alfonso llamó a una sobrina suya que trabaja en la oficina jurídica de esa Secretaría y, minutos después, -ya con el cajón dentro del carro fúnebre-, avisaron que autorizarían el entierro.En ese momento sonó mi teléfono: era la Secretaria General del Distrito, Martha Lucía Zamora, a quien mi ex le había pedido ayuda. Muy amable, me dijo que me llamaría la encargada de los cementerios. La funcionaría me informó que “autorizarían el servicio”, pero que yo me comprometiera a presentar un documento con la explicación: tendría que probar que era hija de mi papá y que él había muerto._Puedo enviarle mi registro civil donde dice quién es mi papá y la partida de su defunción hace 32 años. Pero no puedo hacer ningún documento ni ir a ninguna notaría porque del entierro me voy al aeropuerto a tomar un vuelo a Nueva York.En eso quedamos… Gracias al trancón, el carro fúnebre se demoró, se pudo preparar la tumba y recuperarnos de la conmoción._¡Con ese leguleyismo este país no es viable!_ exclamé mientras esperábamos el féretro. ¿Qué tal que no hubiéramos tenido cerca a alguien influyente?Entonces un empleado de notaría explicó que, lo que pasaba, era que con la ley anti trámites había empeorado la tramitología...

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