Semana 11

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Semana 11

Mayo 31, 2020 - 11:45 p. m. Por: Paola Guevara

En la primera semana de cuarentena lloré desconsolada, después de una clase virtual del colegio de mi hijo pequeño. El fríjol no germinó, el avión no voló, el niño lloró, la madre gritó, la tarea de siete días se acumuló.
Fuimos la familia que no apaga el micrófono de Zoom a tiempo. La escena. La humillación. Rozar el umbral de la propia ineptitud. Decir “no puedo”.

Algo roto en mí se rehabilitó poco a poco, con el paso de los días, con la vista al azul del cielo en las tardes, con la cercanía de la montaña, con el ángulo de la brisa húmeda cuando llueve en mi ventana. Saqué de sus cajas las colecciones de objetos traídos de todos los viajes, y me impactó constatar que nunca tuve tiempo para tocarlos: postales, libros raros, ciudades desplegables, piedritas, lápices con la paleta de colores de Gaudí.

Rescaté una prensa francesa para hacer café, que reposaba asfixiada en algún armario. Y pasé de comprar a diario cafés caros que siempre, siempre, iban acompañados del panecillo, del profiterol, de los frutos secos, del chocolate, de la compra inútil, del gasto irracional, de la autocomplacencia sin filtro. Y conocí esa forma lenta y contemplativa de placer que consiste en preparar tu propio café negro.

Edito miles de páginas al año, escribo novelas por las noches y columnas en las madrugadas; he cruzado ciudades y aeropuertos entre charlas y ferias, pero jamás había horneado una galleta. Mi hijo me explicó que en la bandeja hay que disponer las bolitas separadas, darles espacio para que crezcan. Como la cuarentena: estar separados para crecer juntos.

Mi gran logro profesional de mayo fue asistir sin falta a las clases virtuales de colegio. Mi gran orgullo, que nuestro volcán de plastilina fue el más efervescente al hacer erupción, pues suplí la falta de bicarbonato con sal de frutas. Mi gran hazaña, terminar la caja de origami para guardar los botones de enseñar a sumar.

Aprendí a pagar las cuentas por Internet, a lavar mis platos, a pintar mis uñas; a no necesitar más que dos camisas preferidas, a compartir no de lo que sobra sino de lo que falta. Me enfundé mis vestidos de celebración para celebrar no ir a ninguna parte, y al mismo tiempo trabajé más que nunca.

Para mí el peor terror, la peor definición de fracaso, era que nada pasara. He vivido para el hacer, y el hacer lo supuse afuera. No me arrepiento, pues puedo ponerme en pie frente a lo construido y sentir que no ha sido en vano. Pero sin dejar de dolerme por la situación del mundo, reconozco este instante cósmico de pausa y lo honro. Lo que salga de allí seguramente traicionará la normalidad de lo que fuimos. Y eso está profunda, verdadera e incomprensiblemente bien.

Sigue en Twitter @PGPaolaGuevara

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