Michelle Obama

Michelle Obama

Noviembre 18, 2018 - 11:45 p.m. Por: Paola Guevara

Después de leer la biografía de Michelle Obama surgen muchas reflexiones sobre lo que debería ser el servicio público, aplicable a cualquier país y momento histórico.

Como bien lo sugiere el título en inglés de las memorias de la ex primera dama de los Estados Unidos, ‘Becoming Michelle Obama’, lejos del determinismo de los orígenes raciales o sociales, sean estos privilegiados o no, nos convertimos en nosotros mismos en el camino: en las elecciones que efectuamos; en los riegos que tomamos, o la pereza que abrazamos; en la ética del trabajo duro, o la comodidad de la autoindulgencia quejumbrosa.

Michelle, proveniente de una familia afroamericana de recursos escasos, creció en un barrio marginal a las afueras de Chicago. Vio a sus padres trabajar sin queja y sin pausa toda la vida, pese a la dolorosa enfermedad que su padre arrastró a diario hasta la muerte.

Aprendió de ellos a apreciar otro tipo de lujos, como compartir la mesa en familia y acudir al diccionario para apropiarse, con autoridad, del lenguaje, hasta el punto en que su pronunciación la hizo sospechosa de alta traición entre sus pares: “¿Por qué hablas como una niña blanca?”.

Deduzco que Michelle usó sus raíces como punto de partida para construir su propia historia. No como una camisa de fuerza que le dictara los límites de lo que podía llegar a ser o aspirar. Y eso es verdaderamente revolucionario.

Graduada de Derecho en Princeton, renunció al abultado salario de un prestigioso bufete de abogados y eligió trabajar por mucho menos dinero en el ayuntamiento, donde luchó por mejorar las oportunidades de los más excluidos. Las enormes deudas que contrajo para pagar su educación no la ataron a un trabajo bien remunerado.

No compró el guion de la vida exitosa que todos vendían, con casa en los suburbios y podadora de césped nueva, y en cambio se casó con el hijo de un inmigrante keniano con apellido raro que, a la postre, llegó a ser el presidente de los Estados Unidos. Ella vio en él altos ideales. El dinero y el poder solo serían la consecuencia de ello, no el punto de partida.

Cuenta cómo Barack, recién graduado de Harvard como estrella de su promoción, se entregó también a una misión invisible: lograr que la gran base afroamericana que no votaba (por resentimiento contra el establecimiento) se registrara para hacer valer su voz.

Fue la idea del servicio público, no como un trampolín para llenarse los bolsillos, sino para empoderar a su comunidad en el ejercicio de sus derechos, lo que luego derivó en una carrera política, de forma orgánica.

En tiempos de líderes mezquinos que solo apoyan causas cuando son ellos quienes las proponen, de mesianismos que solo nos usan como idiotas útiles para asegurar los privilegios de unos pocos, qué bueno revisar la historia de vida de Michelle. No porque sea infalible, sino porque constituye el testimonio de una mujer que reconoció el poder en su propia voz. Y la usa para servir, no para servirse.

Sigue en Twitter @PGPaolaGuevara

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