Los grandes

Los grandes

Marzo 25, 2018 - 11:45 p.m. Por: Paola Guevara

A lo largo de los años, una sala de redacción otorga el privilegio de entrevistar a muchas personas excepcionales en diversos escenarios, los deportes, las artes, la vida empresarial...

Si uno quiere sacar conclusiones, debe admitir que los seres excepcionales tienen varios rasgos en común: el principal es su amor por la vida, lo que para nada quiere decir que hayan tenido una existencia fácil, cómoda o libre de drama. Pero incluso en los límites de la vejez, la enfermedad, la tragedia, la quiebra, el desarraigo o experiencias cercanas a la muerte, estas personas eligen la vida. O la creación de nuevos paradigmas, como respuesta ante su inconformidad por la realidad que se les impone.

Retan su capacidad más allá de sus propios límites. Usan el tiempo que les fue dado hasta el último aliento, incluso cuando su cuerpo o su mente empiezan a convertirse en obstáculo. Por lo general la muerte los encuentra trabajando, no porque sean adictos al trabajo sino porque son adictos a sus grandes pasiones.

Son tercos. Pero no usan la terquedad para sostenerse en la estupidez, para perseverar en el error o para justificar la mediocridad; la usan para construir una visión a largo plazo, un sueño, una meta trascendental y un legado.

Son visionarios. No esperan que la vida los viva y el mundo decida por ellos. Hacen que las cosas ocurran.

No los mueve el dinero. No quiere decir que sean conformistas sino que, incluso si obtienen gran éxito económico, no fue el dinero su fin último sino la consecuencia de su interés genuino por aprender, por tomar riesgos, por innovar, por conectar, por servir, por convertir su oficio en un arte.

No temen crecer lento. Un valor en desuso en los tiempos que corren, cuando tantos desprecian el proceso por el afán materialista o la necesidad de reconocimiento instantáneo.

Toman riesgos. En su pasado se pueden rastrear decisiones osadas.
Su infancia fue determinante. Por lo general los genios son personas comunes que descubrieron su don en la temprana infancia, y tuvieron la suerte (o la carga) de tener padres o maestros visionarios que supieron leer a tiempo su talento y obraron en concordancia.

Son transmutadores. Convierten lo malo en bueno, el fracaso en experiencia, la crisis en oportunidad.

Tienen ética del trabajo. Ellos dan el 200%, el 300%, se exigen, son autocríticos, no son autocomplacientes.

Pero el gran rasgo que comparten los extraordinarios es su final: incluso muertos siguen estando más vivos que muchos vivos que solo aguardan, entre bostezos y excusas, la suspensión de sus ya pasivas funciones corporales.

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