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La hora del libro

Julio 12, 2020 - 11:45 p. m. Por: Paola Guevara

El libro como lugar de refugio ha tenido, en estos tiempos de pandemia, menos competencia de la que solía tener, o tal vez pasó de ser un asunto eternamente pendiente a ocupar de nuevo los primeros lugares de la lista.

Todo este tiempo los libros estuvieron allí, apilados en estantes, olvidados, esperando su momento, y ahora que se corre el velo de las horas muertas muchos salen de la automatización de la vida corriente para preguntarse, ¿por qué me alejé de lo que solía ser tan preciado? ¿Dónde habita el lector que solía ser?

En esa reorganización de las prioridades que ha arrojado nueva luz sobre los mundos interiores, los transeúntes de la pandemia preguntan sin cesar cómo volver a la poesía; cómo y por qué hendidura retornar a la lectura de novelas, de cuentos, de ensayos.

¿Está bien si me gusta un noveslita, o tal otro? ¿Es legítimo que no me conecte con el autor del momento, ese al que todos aclaman? ¿Cómo podría leer más y mejor? ¿Cómo se recupera un hábito, la musculatura flácida de la lectura?

Esto y más preguntan, como buscando una validación externa frente a la sospecha de no saber ya orientarse en medio de un universo apabullante de nombres, títulos, autores, premios, corrientes.

La desorientación de muchos lectores es evidente, así como la preocupación por sentirse marginados de un mundo de letras al que solía ser sencillo entrar.

Por otra parte, asistimos a un momento de revolución lectora muy poderoso, pues quieren retornar al reino de las letras los que fueron expulsados por maestros dogmáticos, por castigos y humillaciones escolares, por lecturas impuestas que les robaron el placer más puro y sencillo.

Resulta importante, ahora más que nunca, recordar que leer y escribir no son actos reservados para los dioses literarios, sino fermento de lo humano: que allí donde haya vida interior, pensamiento, recuerdo, sospecha o emoción, incluso vacío y fisuras, dos poderes están al alcance de todos: leer y escribir.

La pandemia ha apagado muchas cosas, y otras las tiene al punto de la asfixia, pero anticipo que el libro saldrá fortalecido.

Es que el libro es el invento perfecto, uno que resiste el embate de todas las tragedias con su armadura de pasta y su lomo recio. El libro tiende lazos hacia las nuevas plataformas sin perder el prestigio de lo antiguo. Y ahora que las ferias se trasladan a la virtualidad, se vislumbra una oportunidad perfecta.

Si bien el encuentro personal con los autores jamás será reemplazado, la virtualidad tiene muchas ventajas que pronto serán puestas a prueba en dos eventos muy significativos de ciudad: Oiga Mire Lea y la Feria del Libro de Cali. Es cada uno de nosotros el invitado más importante, porque la cita es en casa.

Sigue en Twitter @PGPaolaGuevara

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