En la prisión de WhatsApp

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En la prisión de WhatsApp

Julio 01, 2018 - 11:45 p. m. Por: Paola Guevara

Entre las múltiples ansiedades que ofrece el mundo moderno, los grupos de WhatsApp merecen capítulo aparte. No hablo de los dos o tres necesarios, que hacen más eficiente la vida personal o laboral, o que acercan a amigos del alma que viven lejos.

Hablo de los muchísimos otros grupos prescindibles e invasivos. Esos que nos imponen la prisión de las alertas constantes y entrenan nuestra atención para la respuesta condicionada, al mejor estilo del método Pavlov.

Estos grupos de WhatsApp liberan una descarga de adrenalina en pequeñas dosis, adictivas y sin horario; la droga familiarmente aceptada donde hasta los niños intervienen; la tribuna pública donde se dirimen conflictos y se apedrea públicamente al infractor, para morbo de todos.

Videos. Memes. Emoticones. Chistes. Cadenas. Frases célebres. Rumores calenturientos “de muy buena fuente”. Alertas de desastres. Audios con supuesta información “que no quieren que se sepa”. Oraciones. Diatribas políticas. Riñas. Tablas de clasificación futbolística.

Noticias falsas provenientes de los portales más espurios, que no resisten ni la más mínima prueba de veracidad periodística, pero que muchos validan con el argumento más peligroso y decadente de la modernidad líquida: “Dice lo mismo que yo pienso, luego es verdad”. Sin mencionar las fotos modificadas con la más evidente intención de desinformar y manipular.

Algunos grupos fueron creados con un propósito puntual y transitorio, pero terminan siendo vehículo para la agresión, el fanatismo y el proselitismo, una subestimación de la inteligencia ajena que en el fondo es una triste exhibición de la propia ignorancia.

Allí las familias se insultan o agobian. Los compañeros del colegio destruyen lazos que perduraron por décadas. Los conocidos se tornan sospechosos e insufribles entre sí.

Porque salir de un grupo de WhatsApp es lo más parecido a un divorcio. Antes del abandono vienen el hastío, la desesperación, la rabia, los cálculos del costo emocional; luego, la paranoia: ¿Lo tomarán como una ofensa? ¿Debo anunciar el abandono? ¿Debo salirme a la media noche cuando nadie me vea? Finalmente, la culpa y el síndrome de abstinencia.

WhatsApp permite silenciar, archivar, borrar el registro, pero no tiene una funcionalidad que permita dejar de seguir en secreto pero seguir siendo amigos, así que portamos legiones en el bolsillo, so pena de parecer desertores.

Que WhatsApp no se nos convierta en el sucedáneo fisiológico del beso, la llamada, la cena, el abrazo, el encuentro. La vida es corta y cuando llegue la muerte, entonces sí, podrán decir de nosotros, ya sin manto de culpa: “Ha abandonado el grupo”.

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