Coeficiente democrático

Coeficiente democrático

Julio 29, 2018 - 11:45 p.m. Por: Paola Guevara

Hoy no hablaré de ningún político de profesión. Hablaré de los colombianos, que en últimas son quienes validan los discursos, procederes y decisiones de los líderes que luego dirigen el destino de la Nación.

Si hay un pueblo con bajo coeficiente democrático es el colombiano. Y no hay que viajar a las más recónditas selvas para descubrirlo. Basta con ir a un almuerzo cualquiera.

No tardará en aparecer quien proclama, entre bocado y bocado, la necesidad de “acabar con la vagabundería esa de los Derechos Humanos”. Cortarle la mano al que pinte grafitis, claman, mientras piden la pimienta. Pena de muerte inmediata y sin juicio para el que robe, “como en China”.

Aplausos y toma la palabra otro ciudadano de bien, de esos que van a misa y pagan impuestos, para añadir que lo que necesita Colombia es un buen dictador de derecha. Un par de añitos para limpiar tanta escoria, unos 13.000 muerticos, algunas torturas y listo, “se entrega el país saneado”.

Vítores a la idea. Y, mientras baña su lomo con salsa pimienta, otro ideólogo ciudadano propone cometer un magnicidio dentro de cuatro años, “va a tocar, hermano, porque Colombia no puede volverse Venezuela”, sentencia con vehemencia mientras los demás, con la boca llena, asienten en franca consonancia mortífera, sin asomo de vergüenza, sin filtro moral de ningún tipo, sin siquiera pudor por emitir una opinión semejante, que más parece propia de Carlos Castaño que de un afable vecino.

En el postre llega la fase del negacionismo digestivo. No existieron los falsos positivos, “pura narrativa mamerta para desmoralizar a nuestras
impolutas Fuerzas Armadas”. No existen los tales líderes sociales asesinados, “son todos izquierdosos financiados por la guerrilla y los matan por líos de faldas”. Y así, hasta la última cucharada de flan de caramelo.

Este bajísimo coeficiente democrático, que infusionamos hasta en el agua aromática y el tinto, ha suprimido las funciones racionales que permiten dudar, disentir o plantear una crítica porque, unificados bajo la dictadura de las emociones, ciudadanos de todo el espectro político se terminan pareciendo en la presunción de infalibilidad de sus respectivos líderes.

Extraño fenómeno. Al menos antes éramos ciudadanos contra políticos cuestionados. Hoy somos ciudadanos contra ciudadanos, en favor de políticos incuestionables. Y nos extraña que de antemano todo les esté permitido, validado, justificado, servido a manteles.

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