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Que cese la tormenta en Cali

Mayo 09, 2021 - 06:30 a. m. 2021-05-09 Por: Paola Gómez

Atardece en Cali y las nubes enrojecidas tiñen el cielo azul del viernes 7 de mayo. De repente, una bella postal se cuela en las charlas cotidianas vía celular. Pareciera que esa imagen surtiera un efecto sanador, así fue por un instante, en la retina caleña, agobiada por la más fuerte de las tormentas.

La foto se viraliza, hay quienes se emocionan y se atreven a sentenciar que quizás sea el augurio de que vendrán días mejores. Que la vida que tuvimos antes del 28 de abril talvez retorne para concentrarnos de nuevo en cuidarnos solo de la pandemia.

Pero el efecto pasa pronto y volvemos a la realidad; otra noche dura, muy dura en el sector de La Luna, los sobrevuelos en Siloé, ataques en Calipso, atentado en Paso del Comercio y los videos que se esparcen. Las denuncias de excesos de la Fuerza Pública. La Fuerza Pública replicando que repelen los ataques. Las organizaciones de Derechos Humanos denunciando homicidios. Las familias rezando porque los suyos vuelvan a casa. La vida, la gran perdedora de esta larga jornada, clamando por ser respetada.

No nos llamemos a engaños, Cali nunca ha sido una ciudad europea. Ignorar que son décadas de duras y transformadas violencias es querer tapar el sol con un dedo. Tampoco vamos a desconocer que es el centro de operación de organizaciones criminales narcotraficantes y sofisticadas, a lo que se suma la falta de oportunidades como caldo de cultivo, no justificado, para la delincuencia.

Un coctel molotov que explica lo vivido los últimos 12 días: las clínicas clamando porque dejen pasar el oxígeno; las misiones médicas violentadas; las extorsiones en peajes urbanos que exigen hasta 50 mil pesos para permitir el paso. Sectores devastados y gente llorando frente a lo ocurrido. Supermercados saqueados, gasolineras vandalizadas. La negociación para que el corredor humanitario permita pasar víveres y gasolina. El dueño de la venta de motos de La Luna, derrotado al perderlo todo. El cartagüeño, volviendo a su tierra porque le incendiaron su almacén del centro. Los colegios, solo virtuales; los universitarios en paro, la ciudadanía, aterrorizada.

No vamos a ignorar los justos reclamos contra una reforma tributaria que avivó el estallido social, y que al caerse no terminó la protesta, aunque incluso Petro recomendó desactivarla. Ni querer etiquetar a todo el manifestante de guerrillero, cuando hemos visto ríos de gente, marchando de manera pacífica y con una juventud altiva y protagonista en ella, que no le teme ni al covid.

Menos insultar las marchas pacíficas, como las de ayer, de habitantes del Oeste, Ciudad Jardín y de otros sectores clamando por que cesen los bloqueos, les permitan ir a trabajar y vuelva la tranquilidad. Cuánto nos cuesta entender que los discursos de odio nos alejan e impiden armar este rompecabezas de microciudades que es Cali.

Sin duda, lo más desolador ha sido ver el fracaso del gobierno nacional y local al no poder garantizar el orden. Vino el Mindefensa, luego el Mininterior, el general Zapateiro, el alcalde Ospina se convirtió en Jorge Iván y aquí poco cambió. Ni siquiera han podido con los peajes extorsivos. Ni aclarar por qué tantos disparos. Increíble.

El viernes del atardecer enrojecido, que alivió por un instante tanto desasosiego, se compartían oraciones con la esperanza de que al menos ello surta efecto. Súplica a la que le sumaría la urgencia de unirnos, así pensemos distinto, para limpiar los escombros y levantar nuestra ciudad; para exigir la verdad de lo ocurrido y para que nuestros líderes encuentren el norte, con nosotros a su lado. Solo al recordar lo que nos ha hecho grandes ante la dificultad es posible que encontremos el camino para que al fin cese la tormenta en nuestra Cali del alma. 

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