Estado de histeria

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Estado de histeria

Octubre 09, 2019 - 11:45 p.m. Por: Paola Gómez

Estado de histeria: dícese de la situación de un país donde algún día se decidió que era mejor gritar, arengar e insultar, sin distingo de ideología, antes que pensar, escuchar y concertar.

No hubo necesidad de ley o decreto que así lo estableciera; fue una creación colectiva, impulsada, eso sí, por ese aura de grandeza y presunción de divinidad de esas figuras mesiánicas nuestras, armadas con letales métodos de evangelización y municiones modernas como el tuit, el hashtag, el post y las fake news.

En ese Estado de histeria, donde el de Derecho es un canto a la bandera y el de Opinión una teología de la confusión, hace mucho que el sosiego tuvo que salir huyendo, en busca de un asilo lejano, donde no fuese visto como un paria. Porque en este mundo, donde se aprende a odiar casi que al tiempo de caminar, se extinguen los últimos lugares para pensar y escribir en función de la vida y el amor; cosas de dinosaurios, en tiempos de veneno viral.

Y en la ausencia de ese sosiego, que parece un defecto imperdonable, es casi que una obligación matricularse en uno u otro bando y que todo el mundo lo sepa. No vaya a ser que terminen tildándole de pusilánime, incapaz ser cara o sello, porque en el Estado de histeria las verdades son absolutas y si preguntas o dudas es posible que te envíen al ostracismo de los apátridas.

De vez en cuando en ese estado de locura colectiva sube la marea y el oleaje intenso obliga a levantar más duro la voz y esperar la piedra, el sablazo. No es que haya habido calma, no, hace tiempo que se esfumó. Lo que pasa es que los idealistas a veces creemos que el riesgo se alejó porque hay breves espacios de silencio.

Lo que debería haber, entonces, es un ‘observatorio histeriológico’, que advierta sobre cómo enfrentar la emergencia, equivalente al sismo, al terremoto (depende de su magnitud) y luego poder medir la profundidad del daño que ese episodio de furia ocasionó.

Es increíble que en un Estado de histeria como el nuestro no nos hayamos percatado de la necesidad de una prevención y monitoreo del riesgo, para entender los destrozos que a la psiquis nacional deja tal momento de ofuscación, capaz de envolver en su espiral a nuestros ídolos, a nuestros políticos y hacerlos empuñar sus caracteres, en un cuadrilátero de improperios.

Acaba de pasar una tormenta más (¿de verdad acabó?) y lo único que nos ha dejado es desolación y cansancio, en un país que se auto proclamó polarizado. Y cuya polarización hemos extendido a casi todas las cosas de la vida. Frente a tanto bullicio, a la repetición del insulto desde el desayuno en la radio, al análisis agotado de lo que dijeron unos y otros y al fanatismo que ronda el ambiente, es mejor abstraerse en la palabra creadora, la música que absorbe dolores y el poderoso antídoto del amor.

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