Un país extraviado

Un país extraviado

Mayo 16, 2019 - 11:45 p.m. Por: Ossiel Villada

Yo no puedo asegurar que ‘Jesús Santrich’ es culpable del delito de narcotráfico del que lo acusó la Fiscalía. Pero tampoco puedo afirmar que creo en su inocencia. Y no lo hago simplemente porque la Justicia Especial para la Paz, JEP, no ha dicho que ‘Santrich’ sea inocente. Dijo algo muy distinto: que las pruebas existentes no permiten saber si él habría incurrido en ese delito después de la firma de la Paz.

Como millones de colombianos, sigo creyendo que el de la Paz es el único camino posible para este país. Pero de allí a que me quieran ‘pintar la cara’ hay un trecho enorme. De manera que me reservo el sagrado derecho a dudar sobre ‘Santrich’ y su real voluntad de paz.

Sobre todo porque, desde los tiempos de la negociación en Cuba, este personaje no ha tenido reparo en mostrarse como una especie de bufón arrogante, displicente y desafiante, apartado de la posición conciliadora que reclama el momento histórico y muy desconectado del talante sereno y reflexivo que caracteriza a otros directivos del partido Farc.

Tampoco creo en la indignación del saliente fiscal Néstor Humberto Martínez. Ese dolido discurso en el que para irse argumentó motivos relacionados con su “conciencia” y su “devoción por el Estado de derecho”, no fue más que una pobre actuación.

Lo que el país entero vio por televisión fue a un hombre muy astuto que encontró la oportunidad perfecta para irse posando de víctima, después de que múltiples escándalos dejaran su credibilidad por el piso. Queda por saber su verdadero papel en el caso Odebrecht, el mayor entramado de corrupción que ha sacudido a este país.

Lo digo sin adornos: mi confianza en la JEP empieza a debilitarse. Las dudas sobre el manejo de sus recursos, la falta de claridad sobre permisos que otorga a desmovilizados para que salgan del país, la bochornosa captura de uno de sus investigadores por soborno y, ante todo, su posición dubitativa frente a alias El Paisa e ‘Iván Márquez’, son demasiados ‘lunares’ juntos.

La JEP juega un papel fundamental para la implementación del Acuerdo de Paz y por tanto debe fortalecerse y consolidarse. Pero ella misma no parece tenerlo claro. Más allá de la confianza que me genera su Presidenta tengo enormes dudas sobre lo que allá pasa de puertas para adentro.

Por último, tampoco creo en el liderazgo del presidente Iván Duque, porque sencillamente no existe. Aunque no voté por él, no hago parte del ejército de ‘zombies’ que apuesta porque le vaya mal. Tenía la esperanza de que pudiera timonear el barco en estas aguas turbulentas, pero creo que está defraudando incluso a muchos de sus electores.

Si algo sabíamos en los mandatos de Uribe y Santos era la agenda, la ruta, la meta hacia la que caminaban. Nueve meses después de asumir, Duque no ha sabido decirnos cuál es la suya. Se le nota perdido, aturdido, encartado, dominado por una clase política que le marca el ritmo. Y sigue amarrado a una ‘agenda de partido’, cuando su papel como Presidente, especialmente en esta crisis, le exige impulsar una ‘agenda de Estado’.

Mientras tanto, ese breve espacio de Paz que conocimos en los últimos tres años empieza a diluirse. Colombia huele a miedo. Los escuadrones de la muerte volvieron, los líderes sociales son perseguidos y asesinados, los que apostaron por la paz también, las bandas criminales ganan terreno en coca y minería ilegal, las amenazas cunden, la ley del silencio vuelve a imponerse.

Si, soy muy escéptico. Pero lo que sí creo, cada vez con más horror, es que este país está extraviado y lentamente gira hacia un nuevo ciclo de guerra. Y nadie aquí parece saber cómo impedirlo.

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