Un Delirio inolvidable

Un Delirio inolvidable

Mayo 30, 2019 - 11:40 p.m. Por: Ossiel Villada

Fue uno de los primeros trabajos que tuve en la vida. Yo era ‘Asistente de Discómano’ y mi patrón era don ‘Gérman’, un negro ancho de sonrisa y de nobleza. ‘Gérman’ era operario en una salsamentaria, pero los fines de semana se levantaba un salario extra animando fiestas con su música. Todos querían contratarlo porque tenía la más completa y actualizada colección de ‘longplays’ del barrio, repleta de pachangas, guarachas, mambos, boleros, son montuno, pasodobles y todas las 'raspas' que no se perdonan en esta ciudad durante el sagrado ritual de 'azotar baldosa'.

Antes de cada fiesta, ‘Gérman’ me llamaba a un rincón aparte y me decía, con ojos de advertencia y el dedo índice de la mano derecha levantado: “Pilas, muchacho: hoy tenemos que lograr una gran rumba, la mejor que este barrio ha visto”.

Aunque no entendía muy bien el asunto, yo asentía con la cabeza. Hasta que un día le lancé la pregunta con toda seriedad: “‘Gérman’: ¿y cómo sabe uno que armó una gran rumba?”.

“No hay forma de saberlo ahora, sino mucho después”, me dijo. “Una gran rumba es esa que la gente nunca olvida”.

Yo tenía 13 años. Desde entonces trato de aplicar siempre esa lección que me dio el negro ‘Gérman’: procurar que cada cosa que haga en mi vida la pueda recordar después como una rumba inolvidable.

Cuento esta historia tan personal porque creo que no hay otra manera de calificar una obra que, también hace 13 años, se empezó a gestar en esta ciudad y se ha convertido en una rumba para la eternidad.

Me refiero a Delirio, el proyecto social, artístico y empresarial que ‘dieron a luz’ cuatro caleñas valientes y aguerridas: Andrea Buenaventura, Eleonora Barberena, Ángela Gallo y Liliana Ocampo.

Cada vez que yo visito su maravillosa carpa, en la vía a Yumbo, hago un ejercicio simple. Busco entre el público a alguien que llega por primera vez, preferiblemente un turista extranjero, y me dedico a observarlo un rato. Y después le pregunto qué piensa de lo que ve.

Y no hay ocasión en la que no encuentre como respuesta un gesto, una palabra, incluso un silencio abrumador, con el poder de llenar el corazón de orgullo y conmover casi hasta la lágrima.

Yo creo que muchos caleños no alcanzan a dimensionar lo que es y significa Delirio. Y vale la pena explicarlo: no existe hoy, en ninguna ciudad de Colombia, ni siquiera en Bogotá, un espectáculo de la magnitud, la calidad, la trascendencia y el reconocimiento internacional que tiene Delirio. Hasta el punto que se ha convertido en un nuevo referente positivo de nuestro país ante el mundo, al mismo nivel que el café, el fútbol de James Rodríguez y las mariposas amarillas de Macondo. De ese tamaño es.

Sus cifras son impresionantes: en una sola noche de show emplea a 690 personas, de ellas más de 200 en escena; sus montajes los han visto más de 500.000 personas en estos trece años; el 2019 cerrará con unos 25.000 espectadores; hace una contribución parafiscal superior a los $300 millones por año y otra por más de $220 millones a Sayco-Acinpro; ha llevado su espectáculo a 20 países.

Yo creo, sin embargo, que el mayor aporte de Delirio no se mide en las cifras de una empresa exitosa. Porque lo que ha hecho ese enorme colectivo de queridos amigos, liderados por Andrea, es mostrarnos, con un ejemplo concreto y contundente, de qué se trata eso que los teóricos llaman “construir ciudadanía, identidad y tejido social”.

Delirio refleja, de mil maneras, lo mejor del espíritu caleño: el que siempre apela a la creatividad para progresar, el que apuesta por la construcción colectiva, el que se afianza sobre sus tradiciones para crecer, el que se siente orgulloso de lo que es y el que, por encima de todo y frente a todas las circunstancias, sabe que hay que hacer de la vida una rumba inolvidable.

Por todo eso, y más, me llena de emoción poder decirles hoy: ¡Feliz cumpleaños, queridos Delirantes!

Sigue en Twitter @osovillada

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