Que entre el bien…

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Que entre el bien…

Enero 09, 2020 - 11:40 p. m. Por: Ossiel Villada

Es muy simple. Después de acumular durante un año montones de cosas inservibles en los cajones del escritorio y del alma, lo más sano que uno puede hacer, como decían las abuelas, es "sacar el año viejo".

Y esa es la intención de esta, mi primera Melodía del 2020: eliminar de mis efectos personales y mis afectos sociales, toda la basura que impide avanzar con la mirada limpia y el paso ligero. Así que, ‘pa’ fuera telarañas’.

Al iniciar este año me niego, primero que todo, a dejarme contagiar por el odio de este país que, en nombre de la paz, se especializa cada vez más en odiar.

No promoveré, ni compartiré, ni asumiré odios sembrados y cultivados por otros. Que nadie pretenda sumarme a la causa de sus desafectos ni reclutarme para los ejércitos de sus guerras personales.

Me niego a seguir el juego de la descalificación, la persecución, el juicio sumario, la emboscada, la lapidación pública, la quema en el fuego de la Santa Inquisición y todas las demás prácticas abyectas que aplican quienes no toleran la diferencia de pensamiento, de ideología, de raza, de cultura y hasta de equipo de fútbol.

Me niego, de manera enfática, a mantener o promover la idea absurda de que el futuro de este país depende única y exclusivamente del juego político entre uribismo y petrismo. Me niego a seguir la enfermiza condición megalómana de esos dos pastores y sus rebaños ciegos.

Me niego, en general, a hacer parte de cualquier rebaño. Elijo la soledad azul de la montaña inmensa, antes que el estropicio gris de las manadas de pequeñas criaturas. Ayudaré a quien lo necesite en la medida de mis posibilidades, pero intentaré conservar el equilibrio entre la idea amorosa de que todos somos co-responsables por todos, y la idea racional de que la principal tarea de cada uno es gobernarse a sí mismo.

Me niego, por encima de todas las cosas, a seguir viviendo con miedo. El único que toleraré, y tal vez cultivaré un poco, es el mínimo miedo necesario para impulsarme a saltar hacia un camino mejor. Adiós al miedo de perder un empleo, o un negocio, o un avión, o un amor. Me niego a aferrarme a cosas distintas a mi esencia. Bienvenido todo lo que tenga que llegar, bien ido todo lo que tenga que partir.

Renuncio a las peleas casuales del día a día, a los conflictos repetitivos, a las batallas innecesarias. Sobre todo esas que estallan y se libran por cuenta de mi ego o el de los demás.

Me niego a creer a pie juntillas en todas las certezas y me aferro a la sana capacidad de dudar, especialmente si ello me permite aprender.

Me niego a que pisoteen mi dignidad, mi lucha y mis convicciones. Me niego a transarlas a cambio de un plato de estatus o de lentejas. Ni me compran, ni me vendo.

Me niego a gastar de forma improductiva la vida que me fue prestada y el breve tiempo que me fue otorgado para trascender en ella. Planeo leer más y hablar menos.

Después de tantas palabras desperdiciadas, ratifico amorosamente esta tardía vocación por el silencio, este deseo de solo ser, como León Felipe, “piedra pequeña y ligera”.

Me regalo, en cambio, la idea de conservar la nobleza conmigo y con los demás en cada acto, en cada gesto, en cada pensamiento.

Me regalo las buenas ideas. El desafío de pensar bien. El divertido acto de pensar distinto. El dulce acto de pensar primero en lo bueno.

Me regalo el querer bonito, incluso a quien ya decidió dejar de quererme. Y el no dejar de regalar rosas nunca. De todas maneras rosas para quien ya me olvidó, más vale un ramo de rosas de primavera y color.

Me regalo la esperanza renovada de seguir creyendo, a pesar de todo, en esta Cali del alma, la tierra de mis viejos y la de mis hijas, la que me recibirá un día para convertirme en guayacán florecido mecido por el viento de Los Farallones.

Me hago el regalo de bucear más en mí, de estar más en contacto conmigo que con los demás. Planeo regalarme paz, soledad, música; decir más te amos y regalar más abrazos. Pienso bailar más y pensar menos, y llenar primero el alma antes que la panza.

Me regalo la idea de avanzar en multiplicar mis conocimientos, mis competencias y mis quehaceres. Porque soy más, mucho más, que este limitado territorio que he construido hasta hoy. Y me regalo nuevas alas, porque lo que tengo es cielo.

Me regalo la intención de ser menos competitivo y más compasivo. Y la gracia de amar sin amarrar. Y el tesoro de ver la partícula de Dios que habita en cada uno.

Y tal vez esto baste para iniciar el 2020. Como dicen los muchachos de ‘La 16’: ¡Que entre el bien y lo malo se vaya!

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