Una ciudad quebrada

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Una ciudad quebrada

Julio 27, 2013 - 12:00 a. m. Por: Óscar López Pulecio

En 1904, en un taller de la elegante y populosa ciudad de Detroit, en el estado norteamericano de Michigan, Henry Ford construyó el primer modelo T, que pondría el automóvil al alcance del ciudadano corriente, sería la base de la creación de la gran industria automovilística y de hecho, significaría el despegue industrial de Estados Unidos. Antes de Ford y de Detroit, reinaba el capitalismo salvaje, protagonizado por Vanderbilt, Rockefeller, Carnegie y Morgan, los hombres más ricos del mundo. Luego de Ford y de Detroit vino la producción en serie, el fortalecimiento de los sindicatos y de la clase media. Prosperidad para todos. Todo ese proceso tiene su apogeo en los años 50, cuando Detroit, enriquecida fabulosamente por la producción de guerra de la II Guerra Mundial, llevó a la gloria a la industria automotriz con sus tres grandes nombres: General Motors, Chrysler y Ford Motor Company. Para 2009, las dos primeras estaban en la quiebra.Tras ella arrastraron a la ciudad entera. La mezcla perversa de la pérdida de competitividad industrial a manos de otros países con salarios más bajos, el costo de las pensiones de los funcionarios municipales, el endeudamiento excesivo para compensar la disminución de los ingresos tributarios y la mala gestión pública, la ha llevado a declararse en quiebra, incapaz de cubrir una deuda de 18.500 millones de dólares. Y tras esa quiebra está el abandono de la ciudad que pasó de 1.850.000 habitantes en 1950 a 715.000 en 2010. Ese éxodo se denominó el vuelo blanco, (The White Flight), puesto que la población blanca que tenía la mejor educación y los mejores salarios emigró fácilmente. Se quedó, habitantes de una ciudad fantasma, la población negra, que pasó de 16% en 1950 a 83% en 2010, con 50% de desempleo.No es la primera vez que pasa. En Estados Unidos hay pueblos fantasmas en lugares donde el centro principal de producción ha desaparecido, pero también hay sitios que se han reinventado. El caso más famoso es el de Pittsburgh, cuya prosperidad dependió casi exclusivamente de la industria del acero, que al derrumbarse la arrastró a la ruina. Ensayó varios caminos y terminó haciendo, con mucho éxito, otras cosas muy productivas: industrias de servicios, universidades, centros médicos, empresas de alta tecnología, todo con el criterio de crear empleos en la ciudad. Hoy Detroit y Pittsburgh son dos caras de la misma moneda.Lo grave no es que se cierren empresas que producen localmente porque por razones de competitividad les resulta mejor producir en otra parte, sino que esas fuentes de empleo no se reemplacen por otras. El caso de Cali no es comparable al de Detroit pero tampoco al de Pittsburgh. La ciudad no depende de una sola industria y el hecho de que se hayan ido industrias multinacionales generadoras de empleo no la han colocado al borde de la quiebra. Increíblemente, la ciudad ya se quebró, junto con sus empresas municipales, por cuenta de la mala administración pública y la corrupción, que son cosas distintas, y está en franca recuperación. Pero no ha sabido reinventarse en el sector industrial manufacturero, que no genera empleo. Cali ha hecho, como Pittsburgh, una transformación importante en servicios, educación, centros médicos, deportes, pero tiene una deuda de modernización tecnológica de su sector industrial, en mora de cubrir, que quizás explique buena parte del absurdo crecimiento de la informalidad. Allí, en pagar esa deuda, que es del sector privado, está la clave principal del resurgimiento.

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