Roma

Roma

Diciembre 28, 2018 - 11:40 p.m. Por: Óscar López Pulecio

Lo que ha hecho el director mexicano Alfonso Cuarón con ‘Roma’, la película que es considerada una de las mejores del año que termina, es un ejercicio de reconstrucción de su memoria familiar en el México de la clase burguesa de los años 70, en blanco y negro como corresponde a los viejos recuerdos. Y como sucedía en esos hogares, no sólo en México sino a lo largo y ancho de América Latina, la vida doméstica era un inventario interminable de pequeños protocolos inviolables, donde familias y sirvientes tenían unos papeles jerárquicos prescritos desde tiempos inmemoriales, como si se tratara de una corte real. Una mezcla de paternalismo, clasismo, racismo, machismo, bañada con la luz tenue de la religión católica que ordenaba ser justos y misericordiosos.

Cuarón escoge como protagonista a Cleo la sirvienta indígena mixteca que lava, cocina, hace el mercado, cuida los niños, obedece a todo el mundo, su vida personal desaparecida en el pequeño mundo de sus patrones, prescindible e imprescindible, porque había miles como ella para ser substituida por cualquier capricho y a la vez, el hogar se iría al traste sin su presencia. Nadie. Cuenta Carlos Fuentes, tal vez, que oyó un ruido en su estudio y preguntó “quién es” y la sirvienta que estaba en su oficio le respondió, “no es nadie señor, soy yo”. La inexistencia como persona, la cosificación.

“Todos te queremos, eres uno de los nuestros”, le dice la señora de la casa a Cleo, quien acaba de salvar a dos de los niños a su cuidado del mar embravecido. Pero no es así. Su vida miserable en el último cuarto de la gran casa, sin ninguna comodidad, trabajando de sol a sol, sin otra seguridad que la conmiseración de sus patrones. Así y todo, una mujer fuerte, enfrentada a la vida que le tocó, casi sin sonreír. Con los afectos prestados, con la identidad prestada.

Las mujeres, cada una en su posición, son las heroínas de esa historia de velada dominación masculina. La señora y la sirvienta, cuyos mundos solo se tocan marginalmente, son quienes hacen posible la rutina de la vida doméstica, cuya característica esencial es que nunca suceda nada. De pronto algo externo irrumpe: un terremoto, una matanza de estudiantes, un peligro en el mar. Todo detenido ante las puertas de hierro de la vecindad de Roma, que son inexpugnables.

Lo bueno y lo malo de ‘Roma’ es que en ella como en la vida doméstica de la pequeña burguesía, nunca sucede nada, y lo que es digno de mención, lo que puede llevar al desorden, se calla. Un mundo de silencios, de secretas concesiones, de deseos reprimidos, donde el mayor valor es la defensa a ultranza de la familia que solo es posible si se respetan las reglas, si no se asume la tormenta del mundo exterior que azota las puertas.

Los críticos de cine se han desbordado en elogios por la calidad cinematográfica de la obra, su fotografía en blanco y negro, la reconstrucción minuciosa del México de los 70. En realidad, es una película lenta, monótona, rutinaria, como un largo matrimonio, que tiene el mérito de desvelar esas características de nuestra vida cotidiana hoy casi desaparecidas. Arqueología doméstica. Es por así decirlo, el carnet de identidad de la pequeña burguesía latinoamericana de esa época, que el resto del mundo descubre en todo su anacronismo, pero para muchos de nosotros es como volver, junto con Cuarón, a recuperar el tiempo perdido de la infancia.

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