Política o Policía

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Política o Policía

Julio 13, 2013 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Ahora resulta que los reparos del Ex-presidente Uribe al proceso de paz de La Habana están basados en el procedimiento no en el hecho de que haya una negociación, que para él tendría una condición precisa: cese al fuego verificable, lo cual significa suspensión de hostilidades y concentración de las fuerzas rebeldes bajo algún tipo de supervisión internacional, mientras duren las conversaciones. Un escenario sólo aceptable para un adversario que se crea derrotado militarmente, lo cual no es el caso de las Farc, aunque esté cerca de serlo. No en balde se entiende que durante los gobiernos de Uribe nunca hubieran sido posibles las negociaciones que propuso en secreto.Lo que el Gobierno propone ahora es un escándalo a los ojos de la Seguridad Democrática, ese lema que en boca de sus seguidores entusiastas suena como una contradicción en los términos: una negociación realista sin suspensión de hostilidades. La aceptación de ese procedimiento es precisamente lo que permite debilitar aún más a las Farc con una gran ofensiva militar para presionar un resultado en las negociaciones, como está sucediendo. Ellas se comportan como una fiera acorralada, cometen actos infames contra la población civil, emboscan tropas que no pueden enfrentar y recurren al expediente del terrorismo como último recurso, todo lo cual las coloca de espaldas al pueblo que dicen representar y pone en evidencia su fragilidad militar que es directamente proporcional a su capacidad de negociación. Quizás ello explique las renuncias ideológicas que se evidencias en los preacuerdos. Si el proceso sale bien, su análisis histórico seguramente dirá que el momento de quiebre de las Farc, fue cuando aceptaron negociar en medio de un conflicto donde eran un adversario muy menor y donde no aprovecharon la tregua de una negociación para fortalecerse. Pero esa no es la diferencia esencial entre el expresidente Uribe y el Presidente Santos sobre el proceso de paz. La diferencia, enorme como una montaña, es que Santos considera que está resolviendo un conflicto político y Uribe siempre ha creído que se trata de un asunto de policía. La seguridad democrática, calcada de la política externa de la administración Bush posterior al ataque a las torres gemelas en Nueva York, estuvo basada en dos conceptos intocables: la negación de la existencia de un conflicto político que se expresaba a través de la guerrilla y la reducción de la guerrilla a un grupo narcoterrorista, es decir una organización que empleaba el terrorismo para mantener un negocio ilegal. Era la negación de una realidad histórica como es la génesis y el desarrollo de la guerrilla como resultado de nuestros conflictos por la tierra y la motivación política de los dirigentes guerrilleros. Por supuesto que había narcotráfico. Por supuesto que había terrorismo. Por supuesto que el apoyo popular casi había desaparecido. Por supuesto que la historia había dejado a la guerrilla colombiana marxista-leninista en el descampado. Pero un asunto de origen y desarrollo político sólo puede resolverse con los instrumentos de la política. Tratar de reducirlo a un asunto de policía, ha sido un error trágico para todos los involucrados: la Policía Nacional, que es una fuerza civil, comprometida más allá de lo prudente en un asunto cuyo aspecto militar ha debido quedar en manos del ejército; el Gobierno en la misión imposible de exterminar unos delincuentes; y la política imposibilitada de ejercer sus funciones. Eso fue lo que cambió. Esa es la diferencia. Para bien.

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