La vida en círculos

La vida en círculos

Mayo 31, 2019 - 11:40 p.m. Por: Óscar López Pulecio

Sale el tío Baltasar de su retiro, con una copa de coñac Remy Martin en una mano y una historia de las constituciones de Colombia en la otra, para decir que desde el comienzo de nuestra vida republicana nuestras Constituciones han sido producto de las guerras civiles. En el sangriento Siglo XIX cada guerra terminó en una nueva Constitución; y en el siglo XX, el plebiscito de 1957 estableció el Frente Nacional como un gran acto de reconciliación que ponía fin a la violencia política; y la Constitución de 1991, fue resultado de la desmovilización del M-19. Así que no ve el tío, que es tan viejo como el Duque de Edimburgo, que luego del acuerdo de paz con las Farc vaya a suceder algo diferente. Recuerda una frase de Úrsula Iguarán que para él vale más que un tratado: “La vida se repite en círculos”.

Pero no es tan ingenuo el tío como para pensar que se deba convocar a una Asamblea Constituyente para modificar los acuerdos de La Habana, cuya integridad está consagrada en la Constitución y cuyo logro es el acontecimiento político más importante del siglo, hasta ahora. Solo que en cada caso del pasado el fin de las guerras civiles llevó a un cambio en la estructura del Estado, de la Gran Colombia, a la Confederación Granadina, a los Estados Unidos de Colombia, a la República de Colombia, con sus nuevas instituciones, puesto que la raíz de los conflictos siempre fue un desbarajuste de las instituciones existentes. Y es difícil imaginar un desbarajuste más grande que el que ahora existe, del cual la guerrilla de las Farc fue su más doloroso síntoma.

Las cosas que salieron de la Constitución de 1991 no fueron resultado del acuerdo con el M19, sino la comprensión lúcida del mundo político de que había mucho por arreglar en la Constitución de 1889 apenas reconocible luego de infinidad de enmendaduras. En 1991 se crearon la Corte Constitucional, la Defensoría del Pueblo, la Fiscalía General de la Nación, la acción de tutela, los mecanismos de participación, la integración de las regiones. De pronto, la acción guerrillera llevó a la reflexión de que muchas cosas no estaban andando bien y que la paz política no es una ley, sino el reconocimiento de graves conflictos sociales y la manera más innovadora de resolverlos.

Dice el tío, quien se resiente del largo silencio a que ha sido sometido por sus impertinencias, que por supuesto se necesita una Constituyente para arreglar los muchos asuntos de la política, la justicia, la organización misma del Estado concentrada en Bogotá, que andan manga por hombro, pero que no ahora ni por las razones que se esgrimen, por la simple razón de que la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente es un proceso largo, engorroso, que requiere una masiva participación popular y un gran acuerdo político que consumirá todas las energías del gobierno que se embarque en ello.

Y no ve el tío, con su usual impertinencia, que el gobierno tenga el interés o la capacidad política o el poder de convocatoria para semejante aventura. A pesar de las buenas intenciones del Presidente, piensa que se le va a ir todo el tiempo en superar el asunto del Acuerdo de Paz, que se convirtió en el tema omnipresente de la política, cuando lo sabio hubiera sido doblar esa doliente hoja. Añade que le corresponderá la aventura al próximo gobierno, si tiene la visión de hacerlo, porque este lastimosamente, al parecer, ya se fue así.

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS