Hamilton

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Hamilton

Marzo 05, 2021 - 11:40 p. m. Por: Óscar López Pulecio

La vida de Alexander Hamilton es una audaz aventura. Nace en las Antillas, hijo extramatrimonial de un caballero escocés y una francesa hugonote, que ya estaba casada y muere cuando Hamilton es un niño. Pobre, huérfano, inteligente, sus amigos reúnen dinero para que vaya a estudiar leyes a la Universidad de Columbia en Nueva York. Es 1772 y está a punto de estallar la guerra de independencia. Termina siendo ayudante de campo en Washington con el grado de teniente coronel, pero abogado brillante como es, entra a hacer parte de la llamada Asamblea de Semidioses que va a redactar la constitución de la nueva nación.

El debate constitucional es difícil, agrio, exigente. Los famosos papeles federalistas en buena parte escritos por Hamilton abren el camino del acuerdo, que termina en el engorroso proceso de representaciones estatales y equilibrio de poderes que vemos hoy. En 1804 Aaron Burr, político rival que es nada menos que el Vicepresidente de Estados Unidos, se siente ofendido por las críticas hechas por Hamilton en una cena y lo reta a duelo. Hamilton caballeroso, dispara primero, al aire. Burr, arrogante, segundo, al cuerpo. Muere por sus heridas a los 45 años, en las mismas circunstancias en que había muerto su hijo mayor.

Y he aquí que dos siglos después su vida se convierte en un exitoso musical de Broadway. La comedia musical es un invento anglosajón, norteamericano podríamos decir pues se nutre del jazz, los blues, la música góspel y soul, poderosas influencias negras; y el vaudeville. Reemplazó en el Siglo XX el papel que en el XIX tenía la ópera: el gran espectáculo que reúne todas las artes, música, baile, literatura, escenarios prodigiosos, efectos especiales con los recursos tecnológicos de nuestro tiempo, para el entretenimiento de un público educado que quería divertirse. A veces con un toque político que no tenía la ópera, exceptuando tal vez Tosca de Puccini. La comedia musical es más versátil. Toma duras historias políticas, la saga de Evita Perón, Los Miserables de Víctor Hugo, el antisemitismo del Violinista en el Tejado, y las baña de frivolidad y encanto. Con un toque de denuncia. El espejo de la época.

Se ha hecho lo mismo con Hamilton, como un homenaje al mestizaje, que al parecer había aportado la sangre antillana de su madre, fusionando las distintas fuentes de la herencia musical popular, con el rap callejero, y un cuerpo de baile y de cantantes de diferentes orígenes raciales. Música, letra y guion de Lin-Manuel Miranda, neoyorkino de origen puertorriqueño, es un homenaje a la diversidad de la nación norteamericana y ha sido un éxito extraordinario para todos los públicos. Estrenada en 2015 en Nueva York, ha sido aclamada por el público y la crítica desde entonces. Verla era un imposible, taquillas vendidas con meses de anticipación, costos absurdos. Ahora Disney la ha llevado al cine, filmada en el propio escenario, en una estupenda película que acaba de estrenarse.

Su éxito es el encuentro de la emergencia de diferentes grupos raciales en el poder político de Estados Unidos, el espíritu desafiante de Nueva York, la creatividad artística latina y callejera, con una historia extraordinaria que nace en las Antillas, llega a la cima del poder y paga el precio con su vida. Hamilton, el joven padre Fundador, es ahora frívola comedia musical, donde entre bambalinas se percibe el rumor de una denuncia.

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