En la cuerda floja

En la cuerda floja

Septiembre 06, 2014 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Las relaciones entre los poderes públicos son un ejercicio de equilibrio similar al de un acróbata en la cuerda floja. Un paso en falso y todo se derrumba. Cuando eso sucede se compromete el valor supremo de la democracia que es la igualdad de los ciudadanos ante la ley. La arquitectura institucional colombiana se ha ido construyendo lentamente para hacer de ese equilibrio una realidad contra la cual conspiran toda clase de intereses y ambiciones. El proyecto de reforma política presentado por el gobierno Santos restablece un poco la tradición colombiana de separación de poderes, que era la mejor herencia de la Constitución de 1887 y trata de devolver a cada quien lo suyo. A los jueces la administración independiente de la justicia, al Congreso el ser un organismo representativo de la Nación y al Ejecutivo sus límites institucionales. Para lograr eso el proyecto casi que vuelve a los orígenes que no debieron haberse abandonado: suprime la reelección presidencial, le quita las funciones nominadoras a las Cortes y busca que toda la Nación esté representada en el Congreso.Pero cada asunto tiene su complejidad. La supresión de la reelección presidencial es el reconocimiento de que el experimento no ha sido afortunado y produjo más perjuicios que ventajas. No es un mecanismo perverso en sí mismo, pero si uno que sólo puede ser usado en sociedades políticamente maduras (la mayoría de las cuales, con las excepciones de Estados Unidos y Francia, tiene regímenes parlamentarios que no requieren de reelección). En Colombia crea tal desigualdad entre el candidato presidente y los demás, desvirtúa tanto las relaciones entre los poderes, que es mejor que no exista. Fue un fracasado proyecto personal.El voto preferente, por el cual un candidato al Congreso puede ser votado dentro de la lista de su partido, fue el reconocimiento institucional de que la política se había convertido en un conjunto de pequeñas empresas electorales. En la práctica hace imposible la disciplina de los partidos, pues con todo y Ley de Bancadas, cada congresista es dueño de sus votos y los hay de mayor y menor cuantía. Sano que se acabe pero difícil que se consiga puesto que sin organizaciones partidistas fuertes, con mecanismos internos de elección respetados por todos, la alternativa es la elaboración arbitraria de las listas, que es un remedio peor que la enfermedad. La propuesta de reelección por una sola vez de los parlamentarios, si es un norma sin sentido en contravía de las realidades políticas. La renovación del Congreso debe depender de las propuestas de los partidos no de la edad de los congresistas. La modificación propuesta a la elección del Senado por circunscripción nacional, es una necesidad sentida de medio país que no está representado en esa corporación y un restablecimiento del equilibrio con los que están sobre representados. Pero es mezquina y se le escapa la esencia misma de la razón de ser del Senado, que es la representación equilibrada de las regiones. Debería haber al menos dos senadores por cada departamento, para garantizar la pluralidad política y un régimen especial para las minorías. Ojalá eso se plantee en el debate, en el cual medio país estará ausente. Lo que se espera va a ser interesante porque es un lucha entre intereses e instituciones, que es de esperar se resuelva sin que el equilibrista se dé un porrazo.

VER COMENTARIOS
Columnistas