Eligió a Lorca

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Eligió a Lorca

Julio 20, 2013 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

“Dale café, mucho café”, cuentan que fue la respuesta de Queipo de Llano, gobernador Militar de Andalucía, y responsable de la represión más feroz de la Falange, más de tres mil muertos, a José Valdez Guzmán, gobernador Civil de Granada, cuando éste le consultó qué hacer con Federico García Lorca, en esa noche oscura de 1936. Acusado de ser espía ruso, de apoyar al Frente Popular, que se derrumbaba con la República, y de ser homosexual, no había espacio para Lorca en la España de la postguerra civil. No para él, el hombre más inmenso de su generación, ajusticiado sin formula de juicio. Esa frase, que fue su sentencia de muerte, se repite varias veces en el estupendo montaje que Orlando Cajamarca ha hecho de su obra titulada ‘Elegí a Lorca’, presentada en el Teatro Municipal de Cali con motivo de los 40 años de actividades de su teatro Esquina Latina. Es un viaje de emociones por la obra de Lorca, su poesía, su teatro dramático, sus comedias, sus marionetas y su vida misma, buscando quizás sus raíces, que son la esencia de lo español: hombres y mujeres que estrellan sus pasiones contra el muro de ladrillo de las injusticias, de las buenas costumbres, de lo establecido. Y siempre pierden. Como si todo lo que los hiciera libres estuviera prohibido, buscarlo fuera un crimen y hacerlo, cargar con una culpa imposible. Ya lo había dicho una generación antes Miguel de Unamuno: “el sentimiento trágico de la vida”. Lorca muere a los 38 años, hace 77 años, sin embargo es difícil encontrar una mayor frescura en su poesía. Lo que él logra, que es un milagro, es darle carácter universal a un asunto tan pequeño como el folclor gitano de Andalucía, recoger el ritmo de esas coplas y convertirlo en cantos universales al amor, al deseo y a la muerte. Solo hay en España otra obra que pueda comparársele, la de Miguel Hernández, otra víctima del Franquismo, muerto en prisión en 1942, a los 31 años de edad. El mismo tono de una poesía universal que surge de lo más profundo de las entrañas y de la tierra, para perdurar. Cantaron con un canto que no era político, pero que lo denunciaba todo y por ello, fueron destruidos por la política. Extraño ese país que mata a sus mejores poetas, en la flor de su edad.El teatro de Lorca hurga en la llaga más abierta y purulenta de la España de su tiempo: el sometimiento de la mujer. En su obra cumbre, La Casa de Bernarda Alba, ella y sus hijas encerradas en una casa enorme, sin hombres, de un pueblo sin río, se despedazan por el amor de un hombre que jamás aparece en escena. Allí y en Yerma, y en Bodas de Sangre, todas las víctimas son mujeres, cuyas vidas son cosas sin valor que giran alrededor de los hombres, para el triunfo de la esterilidad, la deshonra, los deseos reprimidos, la muerte. Un espectador moderno quizás no entienda el tamaño de esa denuncia que se hacía ante toda una España monacal, rural, machista. Pero, a pesar de que esos tiempos ya se han ido, queda en su carácter universal, la magnitud de la tragedia cotidiana, que perdura.Lo que Orlando Cajamarca ha hecho es mostrar todo eso al imaginar el viaje de un artista que ha elegido a Lorca y que lo busca por los recovecos de su obra, en un montaje sencillo, efectivo, divertido, trágico, con sorprendentes efectos lumínicos, donde se cuenta esta historia tremenda, que nunca debe dejar de ser contada, y que nos reconforta con la tradición teatral de Cali, a la cual en buena hora el Teatro Municipal abre de nuevo sus puertas.

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