El presidente eterno

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El presidente eterno

Agosto 23, 2019 - 11:40 p.m. Por: Óscar López Pulecio

Es un asunto de no creerse. En el corazón de la capital de Kazajistán, el país más importante de Asia Central, se eleva un moderno monumento a la gloria de su presidente Nursultan Nazarbáyev. Es una estructura en forma de haz de espigas que soporta un enorme cilindro dorado, en cuyo interior en un altar está la huella de la mano presidencial impresa en un cojín de oro para que los visitantes pongan su mano sobre ella y eleven al cielo sus plegarias, por conducto de ese poderoso intermediario que Alá no podría rehusar.

Almáty, la ciudad principal y la capital fue despojada de su título que le fue otorgado por Nursultan a una nueva capital, más acorde con las necesidades políticas, que fue rebautizada Nursultan. Realismo mágico del peor, que se consideraba un patrimonio del Caribe, donde existe el antecedente de Santo Domingo, rebautizada Ciudad Trujillo, por el presidente eterno don Rafael Leonidas Trujillo, quien gobernó el país desde 1930 hasta 1961, año de su trágica y muy bien planeada muerte.  En el poder como Presidente del Consejo de Ministros, desde 1984 cuando el país era una de la Repúblicas Socialistas Soviéticas, Nursultan fue el primer presidente de la república cuando el país se independizó de la unión Soviética en diciembre de 1991 y allí se quedó, reelegido en varias ocasiones de modo abrumador. A pesar de su renuncia en 2019 mantiene su poder intacto, pues sigue siendo jefe del Consejo de Seguridad de Kazajistán, jefe del gobernante partido Nur Otan y miembro del Consejo Constitucional.

No ha sido un mal gobernante. De origen humilde, ateo en la época soviética, cuando hizo su carrera en el Partido Comunista, ferviente musulmán en la república, ha logrado un equilibrio entre Rusia y Occidente, a atraído inversión extranjera, desarrollado el campo de los hidrocarburos. Las violaciones a los derechos humanos y el control de los medios de comunicación, en manos de su hija, son pecados veniales ante él éxito económico de su país. Un edificio ultramoderno que parece un gran huevo espacial aterrizado en medio de las estepas asiáticas, albergará sus oficinas, desde donde continuará mandando, protegido por una inmunidad sobre los actos de su gobierno que él mismo aprobó.

El cuento, que parece sacado de las Mil y Una Noches, viene al caso para ilustrar por el absurdo los peligros de la tentación totalitaria, que podríamos redefinir como la necesidad que sienten los dirigentes que se consideran iluminados por una causa para perpetuarse en el poder, por sí mismos o por interpuesta persona, por considerar que nadie más está en condiciones de realizar sus propósitos políticos y que cualquier alternativa distinta es una profanación.

De otra parte, sirve la historia para valorizar las instituciones democráticas que impiden con sus controles y su acatamiento la existencia de esos caudillismos, que han estado de moda en América Latina. Dirigentes iluminados que cambian las constituciones a su antojo para reelegirse indefinidamente, utilizando los mecanismos de la democracia para destruirla, de lo cual Cuba, Nicaragua y Venezuela son los ejemplos más notorios. Pero también Ecuador, en tiempos de Rafael Correa y por supuesto Evo Morales, en Bolivia, los dos últimos con apoyo popular y buenos resultados, que es la mejor manera de sentirse indispensables. El tío Baltasar dice que menos mal que en Colombia no hemos conocido nada parecido.

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